Los magos y hechiceros del faraón: sus prodigios y su derrota
En el relato bíblico del Éxodo, los magos y hechiceros del faraón (identificados en algunas tradiciones judías como Jannes y Jambres) fueron convocados por el faraón de Egipto tras el primer encuentro de Moisés y Aarón en el palacio. Su misión era demostrar que las señales que Dios enviaba a través de Moisés no eran más que truquería mágica egipcia, igualando o superando cada prodigio que se manifestaba ante el pueblo.
El primer desafío fue el de la pértiga convertida en serpiente. Cuando Aarón lanzó su bastón delante del faraón y se transformó en una cobra, los magos respondieron con sus propios encantamientos: tiraron también sus varas y se convirtieron en serpientes. Sin embargo, la serpiente de Aarón absorbió las de los hechiceros, demostrando una superioridad inmediata que los escribas egipcios del relato no pudieron ignorar (Éxodo 7:10-12).
El segundo prodigio replicado fue el de convertir el agua en sangre. El Nilo, artéria vital de Egipto, se tornó rojo y lleno de peces muertos. Los magos, con sus artes, hicieron lo mismo con agua contenida en vasijas, logrando que el faraón no cediera ante Moisés (Éxodo 7:17-22).
En tercer lugar, los hechiceros hicieron venir ranas sobre la tierra de Egipto, igualando la segunda plaga. Esto reforzó la resistencia del faraón, que seguía endureciendo su corazón pese a las señales crecientes (Éxodo 8:6-7).
El punto de quiebre llegó con la tercera plaga: los chinchos o pulgas. Moisés tomó polvo de la tierra y lo esparció, y todo Egipto se llenó de insectos. Cuando el faraón mandó llamar a los magos para que hicieran lo mismo, no pudieron (Éxodo 8:9-11). Es el primer fracaso explícito de la magia egipcia.
A partir de ese momento, el relato bíblico no vuelve a mencionar a los hechiceros. Las plagas restantes —moscas, pestilencia, granizo, langostas, oscuridad y muerte de los primogénitos— fueron ejecutadas exclusivamente por mano de Dios a través de Moisés, sin réplica egipcia alguna.
Desde la perspectiva teológica, el episodio tiene una doble función: demostrar que Dios es superior a cualquier sistema mágico, y mostrar al pueblo de Israel que la liberación no depende de poderes terrenales, sino de la soberanía divina. Los magos sirven como espejo negativo: pueden imitar, pero no crear; pueden copiar, pero no superar.
En la tradición egipcia previa al Éxodo, los magos (en egipcio wnpwtw o has) eran sacerdotes del templo de Ptah en Menfis y de Thot, dios de la sabiduría. Su rol incluía rituales de curación, astronomía, calendarios agrícolas y encantamientos protectivos. El relato bíblico toma esa figura y la subvierte: lo que antes era poder cultural e institucional se reduce a una imitación impotente ante lo trascendente.
La derrota final de los hechiceros no es solo mágica, sino psicológica y política. El faraón, tras cada fracaso, endurece más su corazón (la Biblia usa el verbo hebreo kashar, 'endurecer'), lo que lleva a la séptima plaga del granizo, donde finalmente Moisés le ofrece una salida: Deja ir a mi pueblo. La magia ya no puede salvar al régimen egipcio de su propia rigidez.
En la tradición rabínica se les nombra Jannes y Jambres, descendientes de Efraín que egipcia-rizaron su identidad y terminaron sirviendo al opresor de su propio pueblo.
Dato clave