Qué hicieron los griegos para conocer los cuerpos celestes
Los griegos antiguos abordaron el estudio de los cuerpos celestes combinando observación sistemática a simple vista, razonamiento geométrico y una profunda curiosidad filosófica sobre la naturaleza del cosmos. A diferencia de civilizaciones anteriores como la babilónica, que se centraban en predicciones astrológicas, los griegos buscaron explicaciones físicas y matemáticas para el movimiento de los astros. Uno de los pioneros fue Tales de Mileto (siglo VI a. C.), quien intentó predecir eclipses solares basándose en ciclos observados, marcando el inicio de una tradición que separaba la astronomía de la mitología. Poco después, Pitágoras y sus seguidores introdujeron la idea de que los movimientos celestes seguían relaciones numéricas armoniosas, lo que sentó las bases para modelar el cielo con geometría. El salto cualitativo lo dio Eudoxo de Cnido (siglo IV a. C.), que propuso un modelo de esferas concéntricas: cada planeta se movía sobre una esfera giratoria, y la combinación de varias esferas explicaba sus trayectorias aparentes. Este fue el primer intento serio de construir un modelo mecánico matemático del universo. Aristóteles (384-322 a. C.) desarrolló en su obra Del cielo (De Caelo) una cosmología geocéntrica completa: la Tierra estaba en el centro, los planetas orbitaban en esferas cristalinas y las estrellas fijas estaban incrustadas en la esfera más externa. Aunque el modelo era incorrecto, su rigor deductivo dominó el pensamiento occidental durante casi dos milenios. Sin embargo, Arístarco de Samos (siglo III a. C.) propuso el primer modelo heliocéntrico, situando al Sol en el centro y haciendo girar a la Tierra. Aunque no fue aceptado en su época, fue rescatado siglos después por Copérnico. En el ámbito de la observación cuantitativa, Hiparco de Rodas (siglo II a. C.) realizó un catálogo de 850 estrellas, estableció un sistema de magnitudes estelares (de 1 a 6, según el brillo aparente) y descubrió la precesión de los equinoccios, midiendo el desplazamiento lento del punto vernal. También refinó el cálculo de la distancia a la Luna y al Sol. Eratóstenes de Cirene (siglo III a. C.) utilizó la sombra de un gnomon en dos ciudades (Alexandría y Syene) para calcular la circunferencia de la Tierra con una precisión asombrosa, demostrando que la geometría podía aplicarse al cosmos entero. En cuanto a instrumentos, los griegos utilizaban principalmente el gnomon (una barra vertical para medir sombras), la armilar esferoidal (una estructura de anillos concéntricos que simulaba las esferas celestes) y la malla armilar. No disponían de telescopios, por lo que toda su astronomía se basaba en el ojo humano y en la medición angular con instrumentos de cuerda y arco. El legado culminó en la obra de Cludio Ptolomeo (siglo II d. C., aunque escribió en Alejandría bajo dominio romano), cuyo Almagesto sistematizó todo el conocimiento astronómico griego con un modelo geocéntrico de epiciclos y deferentes capaz de predecir posiciones planetarias con errores menores a un grado. Esta obra se convirtió en la biblia astronómica hasta la Revolución Científica.
Eratóstenes calculó la circunferencia de la Tierra (≈40 000 km) comparando sombras en dos ciudades, un 1,5 % por debajo del valor real.
Dato clave