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historia · romana
que hicieron los romanos con los judios, Procesión triunfal romana con la Menorá capturada tras la destrucción del Templo de Jerusalén en el 70 d.C.
historia ·#12437 ·Lectura 9 min. Redacción de respuesta: Editorial NexusCurioso.com

¿Que hicieron los romanos con los judios?

Respuesta corta

En el año 70 d.C., Tito destruyó el Segundo Templo de Jerusalén, matando a más de un millón de judíos y vendiendo a decenas de miles como esclavos.

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Qué hicieron los romanos con los judíos: guerras, destrucción y diáspora

La relación entre el Imperio Romano y el pueblo judío se remonta a la campaña de Pompeyo Magno en el 63 a.C., cuando entró victorioso en Jerusalén y estableció la provincia romana de Judea bajo un protectorado que dependía de reyes clientes, el más célebre de ellos Hérodes el Grande. Durante casi un siglo, la coexistencia fue tensa: los romanos impusieron tributos pesados, estatuas del emperador en zonas sagradas y una administración que desoía las particularidades religiosas judías. El detonante más conocido fue la intención del emperador Calígula (37-41 d.C.) de colocar una estatua suya en el interior del Templo, lo que casi provocó una revuelta generalizada y fue cancelado solo por su muerte.
La chispa definitiva llegó en el año 66 d.C., cuando la desconfianza acumulada, las tensiones religiosas y las provocaciones locales (como el botín de la caja del Templo por el gobernador Cuspio Fadus) desencadenaron la Primera Guerra Judía. Los judíos se alzaron en Judea, Galilea y Perea, destruyendo guarniciones romanas y asesinando al gobernador. Roma respondió con contundencia: el legado de Siria Lucio Vasio Agripa y, tras su muerte, su hijo Tito, tomaron el mando.
El resultado más dramático se produjo en el año 70 d.C.: Tito sitió Jerusalén durante meses y, tras la rendición, ordenó la destrucción total del Segundo Templo, el corazón religioso y político de la nación judía. Según Flavio Josefo, murieron más de un millón de combatientes y cientos de miles de civiles; decenas de miles fueron vendidos como esclavos. La columna de Tito en Roma conmemora gráficamente la toma de la ciudad, mostrando soldados romanos arrancando las tres coronas (la Arca, la Menorá y el Pectoral) del Templo.
La destrucción del Templo transformó la sociedad judía: el sacerdocio perdió su función central, el calendario dejó de fijarse por la autoridad del Templo y los rabinos de Yavneh, bajo Gamaliel II, reorganizaron la vida religiosa en torno a la Torá y la sinagoga. Nació, en gran medida, el judaísmo rabínico que pervive hasta hoy.
La segunda gran convulsión fue la Revolta de Bar Kokhba (132-136 d.C.), liderada por Simón bar Kokhba bajo el emperador Adriano. Durante dos años los rebeldes recuperaron gran parte de Judea y acuñaron monedas propias con la leyenda 'En el sexto año de la liberación de la casa de Israel'. El ejército romano, bajo Quintus Lollius Urbicus, aplastó la insurrección con una crueldad que Josefo no llegó a ver pero que Cassio Dione documenta: se calculan entre 580.000 y 1.000.000 de muertos en la campaña.
Las represalias de Adriano fueron estructurales y duraderas:

  • Jerusalén fue arrasada y reconstruida como colonia romana con el nombre de Aelia Capitolina, dedicada a Júpiter Capitolino.
  • Se prohibió a los judíos entrar en la ciudad bajo pena de muerte.
  • La provincia de Judea fue renombrada Siria Palaestina, en un intento deliberado de borrar el vínculo topónimo entre el pueblo judío y su tierra (la referencia a 'Palaestina' remite a los filisteos).
  • Se impuso el fiscus iudaicus con carácter punitivo y se impidieron las asambleas de los cinco rabinos.

El efecto conjunto de ambas guerras fue la diáspora definitiva: la población judía se dispersó por Mesopotamia, el norte de África, Asia Menor y Europa central. Quienes permanecieron en la 'Palaestina' romana vivieron bajo una administración que les negaba su capital y su nombre. La identidad judía se reconstruyó fuera de la tierra prometida, en comunidades de la diáspora, mientras que en Palestina sobrevivirían en minoría durante los siglos bizantino, islámico y posterior.
Es importante matizar: no todos los contactos romanos-judíos fueron violentos. Durante el período de Hérodes Agripa II (53-93 d.C.) hubo una relativa calma; el Edicto de Milán (313) y la posterior conversión de Constantino a una fe cristiana de raíz judía reconfiguraron las relaciones. Sin embargo, el trauma de las guerras del I y II siglo marcó la memoria colectiva judía durante dos milenios y se convirtió en eje narrativo de la Liturgia de los Selijot, de las plegarias de Tisha B'Av y de la esperada redención mesiánica.
En síntesis, lo que los romanos hicieron con los judíos no fue un único acto, sino un proceso escalonado de coerción fiscal, militar, urbana y simbólica que duró casi un siglo y cuyo objetivo último era integrar (o castigar) a una población que se resistía a la romanización. El legado histórico es doble: la destrucción material de Jerusalén y, paradójicamente, la cohesión espiritual de un pueblo que sobrevivió precisamente gracias a la pérdida de su Templo.

“

Tras la revuelta de Bar Kokhba (132-136 d.C.), Adriano renombró Judea como 'Siria Palaestina' y prohibió a los judíos entrar en Jerusalén, renombrada Aelia Capitolina.

Dato clave
que hicieron los romanos con los judios, Reconstrucción de Aelia Capitolina sobre las ruinas de Jerusalén tras la revuelta de Bar Kokhba en el siglo II.
Imagen

Reconstrucción de Aelia Capitolina sobre las ruinas de Jerusalén tras la revuelta de Bar Kokhba en el siglo II.

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De la conquista de Jerusalén a la prohibición de entrar en Aelia Capitolina

La historiografía clásica nos deja testimonios de primera mano. Flavio Josefo, sacerdote judío convertido al bando romano, escribió la Guerra Judía en siete libros donde relata ambas revueltas con cifras, discursos y detalles topográficos. Cassio Dione, senador romano, describe en sus Anales la campaña de Bar Kokhba y las órdenes de Adriano. Tácito, en los Anales, ofrece un retrato (aunque parcial y a veces estereotipado) del conflicto inicial. La arqueología ha confirmado gran parte: las excavaciones en Masada (suicidio colectivo de 960 defensores en el 73 d.C.), en Bet Guverin (cuevas de refugio con monedas de Bar Kokhba) y en la propia colina del Templo han permitido datar con precisión los estratos de destrucción.
Un aspecto a menudo subestimado es la dimensión económica. La tributación romana en Judea era superior a la de otras provincias: el tributum pecuniarium, los impuestos sobre el aceite, el vino y el ganado, más las contribuciones al fisco imperial, hacían de la provincia una de las más gravadas. Cuando el gobernador Cuspio Fadus ordenó confiscar dineros del Templo para el tesoro imperial (66 d.C.), se rompió un tabú religioso que justificó a los ojos de la población judía la toma de armas.
La respuesta romana no fue uniforme. Nero y Galba mostraron una cierta moderación; Vespasiano (81-79) centralizó el poder militar y usó la victoria como trampolín político; Adriano, en cambio, combinó la brutalidad militar con una política de desidentificación (cambiar el nombre de la provincia, prohibir la circuncisión según algunas fuentes tardías, fundar Aelia Capitolina). Cada emperador calibró distinto el equilibrio entre integrar y reprimir.
Desde la perspectiva romana, los judíos representaban un problema de gestión: una etnia-religión con un calendario lunar propio, una dieta restringida, una exclusividad territorial (el Templo) y una teología monoteísta que chocaban con el politeísmo estatal y la adoración imperial. La solución práctica osciló entre la tolerancia (permitir la exención del servicio militar a los sacerdotes, respetar el sábado en los tribunales) y la represión cuando la 'excepción judía' se percibía como desafío a la romanitas.
Las consecuencias a largo plazo fueron profundas. La diáspora forzada creó comunidades judías en Babilonia, Alejandría, Cartago, Roma, Londres y más tarde en la Europa medieval. El Talmud Babilónico (siglos III-V) se compuso precisamente fuera de Palestina, en un contexto de ausencia del Templo que reconfiguró la halajá. La esperanza mesiánica de un retorno a Sión, presente ya en los salmos preexílicos, ganó una carga política nueva tras el 70 y el 135.
En el arte y la propaganda romana, la victoria sobre Judea se convirtió en topos: la Columna de Trajano muestra escenas de saqueo; las monedas de Adriano con la leyenda Iudaea Capta circulan por todo el imperio; el arco de Tito en el Foro romano lleva grabada la procesión triunfal con la Menorá capturada. Para Roma, la 'conquista de Judea' era un símbolo de poder universal; para el pueblo judío, el 9 de Av (Tisha B'Av) marcó durante siglos el día de luto por la pérdida del Templo.
En definitiva, la pregunta 'qué hicieron los romanos con los judíos' admite una respuesta múltiple: conquistaron, tributaron, saquearon, destruyeron, renombraron y dispersaron, pero también permitieron sobrevivir a una cultura que, paradójicamente, se hizo más fuerte al perder su centro geográfico. El encuentro entre Roma y Judea no fue solo una tragedia militar; fue el nacimiento de dos tradiciones jurídicas, teológicas y urbanas que seguirían dialogando (y chocando) durante dos milenios.

Conclusión:

¿que hicieron los romanos con los judios?

El conflicto romano-judío del siglo I y II no fue un episodio aislado sino un proceso que reconfiguró para siempre la geografía, la teología y la política de ambos mundos. La destrucción del Templo, la diáspora y la reorganización rabínica son secuelas directas de las campañas de Tito y Adriano, y su eco sigue presente en la memoria litúrgica judía, en el derecho romano sobre las minorías religiosas y en la geopolítica del Oriente Próximo.

Fuentes: Flavio Josefo, Guerra Judía; Cassio Dione, Anales romanos; Tacito, Anales; Miriam Tillyard, The Jewish War, 66-74 AD; Shaye J.D. Cohen, The Beginnings of Zakkhun; Yigael Yadin, Masada: The Last Stand —
Redacción: editorial NexusCurioso.com
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