Qué hicieron los romanos con los judíos: guerras, destrucción y diáspora
La relación entre el Imperio Romano y el pueblo judío se remonta a la campaña de Pompeyo Magno en el 63 a.C., cuando entró victorioso en Jerusalén y estableció la provincia romana de Judea bajo un protectorado que dependía de reyes clientes, el más célebre de ellos Hérodes el Grande. Durante casi un siglo, la coexistencia fue tensa: los romanos impusieron tributos pesados, estatuas del emperador en zonas sagradas y una administración que desoía las particularidades religiosas judías. El detonante más conocido fue la intención del emperador Calígula (37-41 d.C.) de colocar una estatua suya en el interior del Templo, lo que casi provocó una revuelta generalizada y fue cancelado solo por su muerte.
La chispa definitiva llegó en el año 66 d.C., cuando la desconfianza acumulada, las tensiones religiosas y las provocaciones locales (como el botín de la caja del Templo por el gobernador Cuspio Fadus) desencadenaron la Primera Guerra Judía. Los judíos se alzaron en Judea, Galilea y Perea, destruyendo guarniciones romanas y asesinando al gobernador. Roma respondió con contundencia: el legado de Siria Lucio Vasio Agripa y, tras su muerte, su hijo Tito, tomaron el mando.
El resultado más dramático se produjo en el año 70 d.C.: Tito sitió Jerusalén durante meses y, tras la rendición, ordenó la destrucción total del Segundo Templo, el corazón religioso y político de la nación judía. Según Flavio Josefo, murieron más de un millón de combatientes y cientos de miles de civiles; decenas de miles fueron vendidos como esclavos. La columna de Tito en Roma conmemora gráficamente la toma de la ciudad, mostrando soldados romanos arrancando las tres coronas (la Arca, la Menorá y el Pectoral) del Templo.
La destrucción del Templo transformó la sociedad judía: el sacerdocio perdió su función central, el calendario dejó de fijarse por la autoridad del Templo y los rabinos de Yavneh, bajo Gamaliel II, reorganizaron la vida religiosa en torno a la Torá y la sinagoga. Nació, en gran medida, el judaísmo rabínico que pervive hasta hoy.
La segunda gran convulsión fue la Revolta de Bar Kokhba (132-136 d.C.), liderada por Simón bar Kokhba bajo el emperador Adriano. Durante dos años los rebeldes recuperaron gran parte de Judea y acuñaron monedas propias con la leyenda 'En el sexto año de la liberación de la casa de Israel'. El ejército romano, bajo Quintus Lollius Urbicus, aplastó la insurrección con una crueldad que Josefo no llegó a ver pero que Cassio Dione documenta: se calculan entre 580.000 y 1.000.000 de muertos en la campaña.
Las represalias de Adriano fueron estructurales y duraderas:
- Jerusalén fue arrasada y reconstruida como colonia romana con el nombre de Aelia Capitolina, dedicada a Júpiter Capitolino.
- Se prohibió a los judíos entrar en la ciudad bajo pena de muerte.
- La provincia de Judea fue renombrada Siria Palaestina, en un intento deliberado de borrar el vínculo topónimo entre el pueblo judío y su tierra (la referencia a 'Palaestina' remite a los filisteos).
- Se impuso el fiscus iudaicus con carácter punitivo y se impidieron las asambleas de los cinco rabinos.
El efecto conjunto de ambas guerras fue la diáspora definitiva: la población judía se dispersó por Mesopotamia, el norte de África, Asia Menor y Europa central. Quienes permanecieron en la 'Palaestina' romana vivieron bajo una administración que les negaba su capital y su nombre. La identidad judía se reconstruyó fuera de la tierra prometida, en comunidades de la diáspora, mientras que en Palestina sobrevivirían en minoría durante los siglos bizantino, islámico y posterior.
Es importante matizar: no todos los contactos romanos-judíos fueron violentos. Durante el período de Hérodes Agripa II (53-93 d.C.) hubo una relativa calma; el Edicto de Milán (313) y la posterior conversión de Constantino a una fe cristiana de raíz judía reconfiguraron las relaciones. Sin embargo, el trauma de las guerras del I y II siglo marcó la memoria colectiva judía durante dos milenios y se convirtió en eje narrativo de la Liturgia de los Selijot, de las plegarias de Tisha B'Av y de la esperada redención mesiánica.
En síntesis, lo que los romanos hicieron con los judíos no fue un único acto, sino un proceso escalonado de coerción fiscal, militar, urbana y simbólica que duró casi un siglo y cuyo objetivo último era integrar (o castigar) a una población que se resistía a la romanización. El legado histórico es doble: la destrucción material de Jerusalén y, paradójicamente, la cohesión espiritual de un pueblo que sobrevivió precisamente gracias a la pérdida de su Templo.
Tras la revuelta de Bar Kokhba (132-136 d.C.), Adriano renombró Judea como 'Siria Palaestina' y prohibió a los judíos entrar en Jerusalén, renombrada Aelia Capitolina.
Dato clave