¿Qué hicieron los sobrevivientes del accidente de los Andes en 1972?
El 13 de octubre de 1972, un avión Dakota DC-3 de la Fuerza Aérea Uruguaya, el vuelo 571, se estrelló contra una ladera nevada de los Andes chilenos a unos 3.300 metros de altitud. A bordo viajaba el equipo de rugby del Club Old Christians de Montevideo, con jugadores, familiares y personal de la tripulación. De los 45 pasajeros, 28 murieron al instante en el impacto contra la roca y la nieve compactada. Los 17 supervivientes (16 jóvenes y un piloto) quedaron atrapados dentro de los restos retorcidos de la fuselaje, con temperaturas que descendían por debajo de los -30 °C por la noche. Los primeros días fueron una lucha contra la hipotermia, las heridas y el pánico. Sin comunicaciones, sin comida y sin saber si alguien sabía dónde estaban, el grupo improvisó un refugio con las asientos y las chapas del avión. La desesperación fue aumentando hora a hora. No había rastreadores, no había señales de búsqueda visible desde el aire, y la nieve seguía acumulando. El 19 de octubre, Roberto Canessa y Andrés Felipe ('Chico') tomaron la decisión más valiente del grupo: abandonar el refugio y caminar a pie a través de la cordillera para pedir ayuda. Atravesaron 33 kilómetros de montaña en condiciones extremas, con un esguince y sin equipo adecuado. Canessa llegó a una granja chilena el 20 de octubre, pero tardó días en ser creído. La operación de rescate no comenzó realmente hasta el 12 de diciembre. Mientras tanto, los supervivientes en la nave sufrieron pérdidas trágicas. La comida que les arrojó un avión chileno el 14 de octubre apenas sirvió para unos días. La inanición, las infecciones y el frío mataron a varios más durante las semanas siguientes. El 12 de diciembre fueron rescatados solo 16 personas vivas; los 16 sobrevivientes finales habrían muerto sin la decisión de Canessa y Felipe. El dilema que cambió para siempre la vida de todos fue la decisión de recurrir a la necrofilia (comer la carne de los fallecidos). No fue una elección impulsiva ni un último recurso de un solo día: fue una decisión colectiva, debatida con profunda angustia moral, que se tomó gradualmente. Los cuerpos de quienes morían en el frío eran mantenidos en la nieve para preservarlos. El grupo estableció un protocolo: ningún cuerpo se usaba si su familia no lo había autorizado previamente, y se pedía permiso moral entre los supervivientes. Para muchos, cruzar esa línea significó cargar con una culpa que duró décadas. En el plano físico, los sobrevivientes desarrollaron edemas, infecciones severas, pérdida de peso extrema (algunos bajaron de 30 kg en un mes) y lesiones óseas. El piloto, Antonio Cazes, tuvo una pierna amputada por gangrena. Sin embargo, el grupo mantuvo una estructura social: turnos de vigilancia, oraciones católicas, canciones de rugby y la disciplina del deporte que los unió. El rescate final, el 12 de diciembre de 1972, fue realizado por una combinación de helicópteros chilenos y estadounidenses. Los 16 sobrevivientes fueron extraídos en el helipuerto improvisado sobre la ladera. El mundo entero siguió la noticia, y la historia pasó de ser una tragedia local a un símbolo universal de resistencia humana. Tras el rescate, los supervivientes enfrentaron un segundo infierno: el estigma social y el trauma psicológico. En Uruguay y en la prensa internacional, muchos fueron señalados por su decisión extrema. Algunos sufrieron depresión, ansiedad y problemas de relación durante años. La Iglesia Católica, tras un proceso interno, los absolvió moralmente en 1972, pero la sociedad tardó más en perdonar. La historia fue contada en el libro Nosotros los sobrevivientes (1975) de Piers Paul Read, y adaptada al cine en Alive (1993) y The Lost 48 (1980), entre otras producciones. Hoy, los veteranos del 571 siguen reuniéndose anualmente en Uruguay para rendir homenaje a los 29 fallecidos, y muchos han dedicado su vida a la rescate y la ayuda humanitaria.
De 45 pasajeros, solo 16 sobrevivieron a 72 días en la cordillera. La decisión de recurrir a la carne de los fallecidos fue colectiva y con autorización moral de las familias.
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