Victoriano Huerta, quien había asumido el poder tras el asesinato del presidente Francisco I. Madero en febrero de 1913, se vio sumido en una espiral de inestabilidad política y militar que terminó con su derrocamiento en la primera mitad de 1914. Durante los meses previos, las fuerzas constitucionalistas lideradas por Venustiano Carranza avanzaron firmemente hacia la Ciudad de México, mientras el ejército federal, fragmentado y desmotivado, perdía terreno rápidamente. La situación se volvió insostenible para Huerta, quien intentó negociar una salida digna o llegar a un acuerdo con los líderes del norte, pero fue rechazado por todos los bandos. Con la capital en manos de los carrancistas y su legítimidad política evaporada, Huerta decidió abandonar el país. En junio de 1914, se dirigió a la Ciudad de México para embarcarse hacia Europa, buscando refugio en Estados Unidos o Francia, marcando así el fin efectivo de su mandato y del periodo conocido como la Tragedia de Huerta.
La salida de Victoriano Huerta fue un evento cargado de simbolismo político. Aunque técnicamente dejó el cargo antes de la toma final de la ciudad, su huida significó el colapso total del régimen que él encarnaba. Una vez en el extranjero, especialmente en Estados Unidos, Huerta pasó sus últimos años intentando recuperar apoyo diplomático y militar para regresar al poder, pero sin éxito. La historia lo recuerda no solo por su golpe de estado contra Madero, sino también por la inestabilidad crónica de su gobierno y su incapacidad para controlar las facciones militares que terminaron destruyendo su legado en 1914, abriendo el camino para la Constitución de 1917.
La caída de Victoriano Huerta en 1914 marcó un punto de inflexión crucial en la Revolución Mexicana, eliminando a la figura central que había sostenido el orden constitucionalista tras el asesinato de Madero y dejando el escenario abierto para las nuevas liderazgos revolucionarios.