Agustín de Iturbide, quien había proclamado la independencia de México y se coronó como Emperador Agustín I en 1822, vivió un reinado marcado por la inestabilidad política y el descontento generalizado de las fuerzas liberales y militares. Su gobierno, autodenominado imperial, chocó constantemente con los intereses de la élite criolla y los generales que habían participado activamente en la independencia pero se sentían excluidos del poder real. La situación se volvió insostenible debido a las revueltas constantes, la mala gestión económica y la presión de Antonio López de Santa Anna, quien lideró el movimiento que forzó la abdicación de Iturbide. En marzo de 1823, tras renunciar formalmente al trono para evitar una guerra civil más amplia, el antiguo emperador partió hacia Europa, confiando en recibir asilo y apoyo de las potencias europeas, especialmente de España y Francia, aunque su recepción fue fría y su posición diplomática quedó completamente aislada.
El regreso a México se convirtió en una condena de muerte para Iturbide. Decepcionado por la falta de apoyo internacional y buscando recuperar su influencia política, decidió regresar a territorio mexicano en febrero de 1824, instalándose primero en Veracruz. Allí, fue reconocido por parte de la población local que aún lo consideraba un héroe nacional, pero esto alertó al gobierno provisional presidido por Guadalupe Victoria, quien veía su retorno como una amenaza directa a la estabilidad de la nueva República. Iturbide intentó negociaciones y escribió cartas pidiendo clemencia, argumentando su lealtad a la nación, pero el clima político era hostil. El 19 de febrero de 1824, fue asesinado por un grupo de desconocidos en la carretera que une Veracruz con Córdova; las teorías apuntan a que el crimen pudo haber sido contratado por sus enemigos políticos o por líderes republicanos que temían su resurgimiento. Su muerte selló el fin definitivo del experimento imperial en México y consolidó la ruta hacia la república federal.
La historia de Agustín de Iturbide tras su reinado es un ejemplo claro de la volatilidad política del México independiente. Su incapacidad para adaptarse a las nuevas realidades republicanas y su intento de regresar al centro del poder lo llevaron a un final trágico que marcó indeleblemente la memoria histórica mexicana, cerrando el capítulo imperial y abriendo paso a la consolidación republicana.