El fin de la Primera Guerra Mundial supuso la sentencia de muerte para el Imperio Otomano, una entidad política que había gobernado durante más de cuatro siglos. Al alinearse con las Potencias Centrales y perder el conflicto, el imperio no solo enfrentó una derrota militar sin precedentes, sino también una desmembración territorial sistemática impuesta por los vencedores. El Tratado de Sèvres, firmado en 1920, fue el instrumento legal que formalizó esta ruptura; este acuerdo asignaba la mayor parte de las tierras otomanas europeas y asiáticas a Francia, Italia, Reino Unido y Grecia, reduciendo el territorio turco a una pequeña franja costera. La ocupación de Estambul por tropas aliadas en noviembre de 1918 simbolizó la pérdida total de soberanía, convirtiendo a lo que restaba del imperio en un estado vasallo bajo control militar extranjero.
La situación interna era igualmente crítica. El sultán Mehmed VI se vio obligado a abdicar, y el último califa, Abdulmajid II, no pudo detener la espiral de desintegración. Las provincias árabes, incitadas por el nacionalismo árabe y apoyadas por los británicos (como en el caso de Arabia Saudita o Irak), se independizaron casi por completo, rompiendo la unidad geográfica del imperio desde hacía siglos. Este periodo de caos administrativo y vacío de poder creó las condiciones perfectas para el surgimiento de un movimiento nacionalista turco liderado por Mustafa Kemal Atatürk, quien rechazaría tajantemente las cláusulas del Tratado de Sèvres y lanzaría una guerra de independencia para defender la integridad territorial mínima de Anatolia.
La resistencia liderada por Mustafa Kemal transformó la derrota en una victoria política. A diferencia de otros movimientos nacionalistas de la época, el proyecto kemalista se basó en la secularización, el modernismo occidental y la reconstrucción del estado-nación moderno. Tras varios años de guerra contra las fuerzas arménias, griegas y kurdas, los turcos lograron expulsar a los invasores y negociar un nuevo tratado. El Tratado de Lausana, firmado en 1923, fue el acuerdo definitivo que estableció las fronteras actuales de Turquía, reconociendo la soberanía plena del nuevo estado sobre Anatolia y Tracia Occidental.
El golpe final al legado imperial llegó el 1 de noviembre de 1922, cuando la Gran Asamblea Nacional de Turquía abolió formalmente la monarquía otomana, poniendo fin a dinastías que habían durado más de seis siglos. Meses después, en 1924, se abolió también el califado, separando definitivamente la religión del estado y cerrando el círculo histórico iniciado con la caída de Constantinopla en 1453. Así, el antiguo Imperio Otomano dejó de existir como entidad política, dando paso a la República de Turquía, un país soberano, secular y miembro pleno de la comunidad internacional, aunque sus élites conservaron cierta continuidad administrativa heredada del período otomano tardío.
La disolución del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial no fue un evento súbito, sino un proceso complejo que combinó derrota militar, intervencionismo extranjero y resurgimiento nacionalista. Aunque el imperio desapareció, su legado cultural, legal y lingüístico perdura en Turquía y en los países de Oriente Próximo y los Balcanes que surgieron de sus cenizas, marcando la geopolítica actual de la región.