Lo que hicieron los fariseos con Jesús: acusaciones, trampas y condena
Los fariseos, el principal partido religioso judío del siglo I, mantuvieron con Jesús un conflicto que escaló progresivamente desde debates teológicos hasta la conspiración que llevó a su muerte. Según los cuatro Evangelios sinópticos y el de Juan, su actuación se puede dividir en varias fases bien documentadas.
La primera fase fue la de las trampas verbales. Los fariseos acudían repetidamente a Jesús con preguntas diseñadas para hacerlo caer en una herja legal o política. Le preguntaron si convenía pagar el tributo al César (Mateo 22,15-22), qué pensaba sobre la resurrección de los muertos (Marcos 12,19-27) y cuál era el mayor mandamiento (Mateo 22,36-40). En cada caso buscaban una respuesta que pudieran usar en su contra ante el Sanedrín o ante las autoridades romanas.
La segunda fase consistió en la acusación pública. Los Evangelios relatan múltiples episodios en los que los fariseos reprocharon abiertamente a Jesús sus prácticas: comer con publicanos y pecadores (Mateo 9,11), no lavarse las manos antes de comer (Marcos 7,1-5), sanar en sábado (Lucas 13,10-17) y permitir que sus discípulos arrancaran espigas en sábado (Mateo 12,1-8). Estas acusaciones no eran meras discusiones doctrinales; en la práctica, buscaban deslegitimar a Jesús ante las multitudes y ante el propio Sanedrín.
La tercera fase fue la conspiración activa. A partir del episodio de la unción en Betania (Marcos 14,3-9) y, sobre todo, tras la entrada triunfal en Jerusalén, los Evangelios indican que los principales sacerdotes y los fariseos comenzaron a «buscar cómo hacerlo morir con engaño» (Marcos 14,13). El mismo Judas Iscariote, según Marcos 14,10-11, se acercó a los jefes del pueblo para entregarlo, y fue precisamente un fariseo llamado Cayafás, sumo sacerdote, quien presidió el juicio nocturno.
En el juicio ante el Sanedrín (Mateo 26,59-68; Marcos 14,53-65), los fariseos y escribas presentaron falsos testigos que no concordaban en su versión, hasta que dos acusaron a Jesús de blasfemia al declarar que era el Hijo de Dios. Cayafás le rasgó los vestidos y le preguntó: «¿Tú eres el Cristo, el Hijo del Bendito?». La respuesta de Jesús selló la sentencia: «Condenado a muerte de muerte» (Marcos 14,64).
La última fase fue la entrega a Pilato. Los Evangelios coinciden en que los fariseos, al no tener potestad de ejecutar una sentencia capital, llevaron a Jesús ante el procónsul romano Poncio Pilato. Le acusaron de sedición, de impedir pagar el tributo y de decirse rey de Israel (Juan 18,29-30). Según el pasaje de Juan 19,6, fue la multitud instigada por los líderes (en la que se incluían fariseos) la que gritó «¡Crucifícalo!».
Es importante matizar que no todos los fariseos actuaron de forma unánime. El propio Evangelio de Lucas menciona a Nicodemo, un fariseo y miembro del Sanedrín, que se acercó a Jesús de noche (Juan 3,1-21) y que, según Juan 7,50-52, intentó defenderlo ante el consejo. También aparece Josef de Arimatea, descrito como «discípulo secreto» (Juan 19,38), que pidió el cuerpo de Jesús a Pilato. Estos matices muestran que el conflicto no era un bloque monolítico.
En síntesis, lo que los fariseos hicieron con Jesús, según la tradición evangélica, fue: intentar atraparlo con preguntas, acusarlo públicamente de transgredir la Ley, conspirar para matarlo, presidir su juicio condenatorio y entregarlo a las autoridades romanas para que fuera crucificado.
El texto bíblico no detalla motivaciones psicológicas profundas de cada individuo, pero sí ofrece un marco: la defensa del orden religioso establecido, el temor a una revuelta romana que arruinara a toda la nación, y la consideración de que las enseñanzas de Jesús constituían una blasfemia intolerable que podía provocar la ira divina sobre Israel.
Mateo 27,63-66 relata que los fariseos pidieron a Pilato una guardia romana para sellar el sepulcro de Jesús, confirmando que lo consideraban una amenaza incluso tras su muerte.
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