Qué hicieron sus hermanos con José: la historia bíblica completa
El origen de la desgracia: la túnica de colores
La historia de José se encuentra en el libro del Génesis, capítulos 37 a 50, y es una de las narraciones más conocidas de toda la Biblia. José era hijo de Jacob (también llamado Israel) y de la serva Bilja. Era el hijo predilecto de su padre, que le regaló una túnica de colores (en hebreo, kethonet ha-pa'imim), una prenda reservada normalmente para los jóvenes de alto rango o para el primogénito. Este detalle alimentó la profunda envidia de sus hermanos, que ya de por sí resentían el favoritismo paterno.
Las dos profecías que avivaron el odio
Para agravar la situación, José soñó dos sueños que interpretaba como señales de su futuro dominio sobre sus hermanos. En el primero, un haz de espigas (el suyo) se erguía mientras los doce haces de sus hermanos se arrodillaban ante él. En el segundo, el sol, la luna y once estrellas se postraban delante de él. Cuando contó estos sueños a su padre y a sus hermanos, Jacob lo reprendió, pero sus hermanos lo aborrecieron aún más (Génesis 37:5-11). Jacob, por su parte, guardó las palabras de su hijo en su corazón.
El plan y la cisterna
Un día, Jacob envió a José a visitar a sus hermanos que pasteaban sus rebaños en la región de Siquem. Al llegar, los hermanos lo vieron de lejos y, movidos por la envidia acumulada, conspiraron para matarlo. Rubén, el primogénito, intervino y propuso no derramar sangre, sino meterlo en una cisterna (un pozo seco del desierto) con la intención de rescatarlo después. Los hermanos se despojaron de José de su túnica y lo bajaron al pozo. Rubén, al apartarse, pensó que aún podría salvarlo.
La venta a los ismaelitas
Mientras José estaba en el fondo de la cisterna, pasó una caravana de mercadantes ismaelitas (o midianitas, según la versión) camino de Egipto. Judá propuso a sus hermanos: «¿Qué ganancia sacaremos de matar a nuestro hermano? Vendámoslo a los ismaelitas y no pongamos nuestra mano sobre él, pues es nuestra carne y nuestro hueso». Los hermanos aceptaron y lo vendieron por veinte monedas de plata, la misma cantidad que un esclavo en el comercio del desierto. José subió al pozo y fue entregado a la caravana.
La mentira a Jacob
Para encubrir el crimen, los hermanos tomaron la túnica de José, la mancharon con la sangre de un cabrito y la enviaron a Jacob con el mensaje: «Reconoce si es la túnica de tu hijo». Jacob, al verla, desgarró sus vestiduras y se lamentó durante días: «Mi hijo ha sido devorado por una fiera salvaje; mi túnica está despedazada». Lloró a José sin consuelo por largo tiempo, y los hermanos, cada uno por su lado, partieron con sus rebaños al desierto.
El ascenso de José en Egipto
Los ismaelitas vendieron a José a Potifar, un oficial egipcio al servicio del faraón. José, fiel y virtuoso, fue ascendido a encargado de la casa de Potifar, pero tras una tentación fallida de la esposa de este, fue encarcelado injustamente. En la prisión interpretó los sueños del copero y del panadero del faraón, y poco después fue llamado para interpretar los siete sueños del faraón (siete vacas gordas/flacas, siete espigas llenas/vacias). José propuso un plan de almacenamiento de grano para la hambruna que se avecinaba y fue nombrado vizir de Egipto, segundo en autoridad tras el propio faraón, gobernante de toda la tierra de Egipto.
El reencuentro en Egipto
Años más tarde, la hambruna llegó a Canaán y Jacob envió a sus hijos a Egipto a comprar grano. Allí se encontraron con José, al que no reconocían. José los sometió a una prueba: los acusó de espionaje, los retuvo en prisión tres días y ordenó que trajeran a su hermano menor, Benjamín. Judá se comprometió personalmente. Los sirvientes de José escondieron una copa de plata en el saco de Benjamín para demostrar su inocencia. Cuando la copa fue hallada, José por fin se reveló: «Soy yo, José; ¿vive aún mi padre?». Los hermanos cayeron sobre su rostro y lo adoraron, aterrorizados de que pidiera venganza.
El perdón y la reconciliación
José les dijo con voz temblorosa: «¿Acaso soy yo Dios? ¿No habéis vosotros pensado mal de mí, entregándome a la cisterna? Mirad ahora, Dios me ha enviado delante de vosotros para conservar en vida un resto de gente en la tierra. Así que no fuisteis vosotros que me enviasteis acá, sino Dios» (Génesis 45:4-8). Lloraron juntos, y José abrazó a Benjamín. Poco después, Jacob subió a Egipto, vivió los últimos diecisiete años de su vida junto a su hijo y murió en paz, siendo enterrado en Canaán según su voluntad.
Legado y significado teológico
La historia de José es interpretada por los Padres de la Iglesia y por la tradición judía como un tipo o prefiguración de Cristo: el amado, vendido por sus hermanos, descender a un pozo (la muerte), resucitar a una posición de poder y perdonar a quienes lo traicionaron. En el Deuteronomio 38:21 se resume: «Sus hermanos sintieron envidia de él y lo vendieron a Egipto; pero Dios le dio buen corazón para compadecerse de ellos». La narración cierra con la instrucción de José antes de morir: «Dios visitará, y os hará subir de esta tierra a la tierra que él juró a Abraham, a Isaac y a Jacob» (Génesis 50:24-25).
José perdonó a sus hermanos en Egipto y dijo: «No fuisteis vosotros quienes me enviasteis acá, sino Dios» (Génesis 50:17-20).
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