Inmediatamente después de la ruptura de las líneas defensas en el desfiladero de las Termópilas, el ejército persa bajo el mando de Xerxes I no avanzó directamente hacia Atenas como muchos historiadores podrían esperar. La retirada del pequeño contingente espartano (los 300 y sus aliados) fue una maniobra táctica calculada para ganar tiempo. Mientras tanto, la flota griega, que había operado en coordinación con los terrestres, se retiró estratégicamente al estrecho de Salamina. La clave del periodo posterior a la batalla terrestre no fue el avance inmediato persa por tierra, sino la búsqueda de una victoria naval decisiva. Los persas intentaron rodear la posición griega mediante un movimiento combinado, pero las corrientes y el terreno limitaron su eficacia.
La respuesta griega no fue de desmoronamiento, sino de reorganización rápida. Temístocles, el estratega ateniense, jugó un papel crucial en la coordinación entre la flota y las defensas terrestres. La caída de las Termópilas sirvió como advertencia urgente para las ciudades-estado del Peloponeso, que entonces enviaron refuerzos a la línea del istmo de Corinto, fortificando una nueva línea defensiva más al sur. Esto demuestra que el evento no fue un final, sino una transición crítica hacia la próxima fase del conflicto.
La consecuencia más inmediata y decisiva tras las Termópilas fue la Batalla Naval de Salamina, que tuvo lugar pocas semanas después (septiembre del 480 a.C.). Al no poder forzar un paso rápido por tierra, Xerxes necesitaba dominar el mar para asegurar sus líneas de suministro. La flota griega, aprovechando su superioridad en la maniobra de trirremes en aguas estrechas, emboscó y destruyó gran parte de la enorme flota persa.
Esta derrota naval cambió radicalmente la dinámica de la guerra. Xerxes quedó atrapado en Grecia con un ejército inmenso pero sin apoyo logístico marítimo fiable. En invierno, el ejército persa sufrió deserciones y enfermedades, y Xerxes mismo regresó a Asia Menor, dejando al general Mardonio al mando de las fuerzas restantes. La batalla de Salamina, consecuencia directa del colapso en las Termópilas, marcó la inflexión hacia la victoria final griega en Platea (479 a.C.) y Mirleo. Sin la retirada ordenada tras las Termópilas, no habría habido tiempo para preparar el escenario naval donde Grecia salvaría su civilización.
En resumen, lo que sucedió después de las Termópilas no fue una derrota catastrófica inmediata, sino una retirada estratégica que permitió a los griegos reorganizar sus fuerzas y trasladar el conflicto al dominio donde tenían ventaja: el mar. La batalla naval de Salamina, consecuencia directa de la caída del paso terrestre, demostró que la persistencia persa podía ser detenida, salvando así la independencia política y cultural de las ciudades-estado griegas.