¿Qué animal es Xilonen? La diosa del maíz tierno y el jaguar como emblema
Para responder con precisión a la pregunta hay que separar dos planos. En el plano mitológico mesoamericano, Xīlōnen no es un animal, es una deidad femenina del panteón mexica dedicada al maíz en su fase más tierna. El nombre se construye en náhuatl a partir de xilotl, que designa la mazorca joven con espiga blanquecina y grano lechoso, y el sufijo -nen, que funciona como marcador agentivo de maternidad. La traducción literal sería algo así como "madre del xilote". Sahagún la recogió en el Códice Florentino como patrona del elote verde antes de que la planta madurara hacia el cintli, fase que gobernaba su hermana mayor, Chicomecōatl.
La iconografía sahaguntina la describe con rasgos muy concretos: mujer joven, cabello negro suelto y largo, rostro pintado de amarillo (color del grano inmaduro), tocado formado por mazorcas tiernas, vestido corto en tonos verde-amarillo con adornos de conchas rojas traídas del Golfo. En la mano derecha sostiene un ayacaxtli, la sonaja ritual tallada en calabaza seca, y en la izquierda un escudo decorado con la flor de maíz. Fray Diego Durán, en la Historia de las Indias de Nueva España, complementa el retrato etnográfico con observaciones tomadas en las últimas décadas del siglo XVI, cuando el culto todavía dejaba rastros visibles entre la población indígena.
Su festividad central era Huey Tecuilhuitl, la Gran Fiesta de los Señores, mes octavo del xiuhpohualli, el calendario solar de 365 días. Caía aproximadamente entre julio y agosto en la cuenca de México, tres meses después de la siembra ritual de Huey Tozoztli. Durante ocho días una joven doncella vestida como personificación viva de la diosa recorría la ciudad antes de ser sacrificada en el teocalli dedicado a ella mediante extracción del corazón. Ese acto cerraba simbólicamente el tránsito del elote tierno hacia la maduración plena y anunciaba la cosecha principal que llegaría en Ochpaniztli, mes XI.
En el Códice Florentino, libro II capítulo 27, Sahagún detalla el ritual con una minuciosidad etnográfica poco habitual en la literatura colonial. El pueblo cantaba un himno para despertar a Chicomolotzin, imaginada como la vegetación dormida que debía levantarse para asegurar la semilla del año siguiente. Los niños comprados en el primer mes se sacrificaban para obtener lluvias, y el pueblo ofrecía maíz, frijoles y chía frente al templo tras cuatro días de ayuno con espadañas y autosacrificio.
La red del panteón alrededor de Xilonen es amplia. Tlaloc y Chalchiuhtlicue aportaban la humedad que hacía crecer la milpa. Centeotl, en su aspecto masculino joven, complementaba a Xilonen en el gradiente etario de la planta y protagonizaba fiestas propias en el mes IV. Mayahuel, diosa del maguey, y Tlazolteotl, ligada a la fertilidad femenina, comparten campo semántico con ella. Y en Ochpaniztli aparecen Toci, Coatlicue y las Tzitzimimeh cerrando el ciclo ritual de la fertilidad.
El ciclo del maíz documentado por Sahagún y la etnobotánica contemporánea recorre etapas muy definidas: germinación en Huey Tozoztli, crecimiento del tōctli, aparición de la espiga masculina miahuatl, formación del xilotl (fase de Xilonen), maduración del elotl, secado en la milpa hasta el cintli, desgrane al tlaolli y molienda final en el metlatl para producir harina, tamalli, tlaxcalli, atolli o pinolli. Cada etapa tenía una deidad tutelar.
Wikipedia, en su artículo sobre Chicomecóatl, explica que esta diosa de la subsistencia y la fertilidad vegetal también recibía el nombre de Xilonen, "la peluda", referido a las barbas del maíz dentro de la vaina. En la mitología nahua de la Huasteca se la llama Chicomexóchitl, "siete flor". Se la consideraba parte femenina de Cintéotl, joven madre del jilote, y en algunas tradiciones aparecía casada con Tezcatlipoca bajo el nombre de Centeocíhatl. La forma asociada a la mazorca madura cubierta por hojas arrugadas se conoce como Ilamatecuhtli.
El numeral siete tiene un peso simbólico enorme: los nombres calendáricos del lenguaje adivinatorio que llevan el siete significan semillas. "Siete serpientes" era la denominación secreta del maíz, igual que las pepitas de calabaza se llamaban "siete águilas". La buena suerte es sinónimo del siete, situado a la mitad de la serie del uno al trece, con el significado del corazón del hombre, Yólotl, y también de las mazorcas, Olotl. Por eso Chicomecóatl también se conoce como Tlalli Yóllotl, el corazón de la tierra.
En el culto doméstico, los altares de las casas se adornaban con plantas de maíz y en los templos se bendecían las semillas durante el mes huei tozoztli, situado en septiembre. Se ofrecía una joven decapitada como representación de la diosa, cuya sangre se vertía sobre una estatua, y con su piel desollada se vestía un sacerdote. Xilonen recibía también sacrificios el 24 de junio para conseguir cosecha abundante. En los códices mexicas llevaba cuerpo y rostro pintados de rojo, tocado en forma de mitra de papel, pequeñas líneas sobre las mejillas y, en las esculturas, una doble mazorca de maíz en cada mano.
El estudio académico del panteón ha madurado desde Garibay y León-Portilla en los años cincuenta y sesenta hasta la investigación actual. Alfredo López Austin, en Cuerpo humano e ideología y Los mitos del tlacuache, lee el panteón como un sistema de deidades múltiples que operan sobre aspectos de una misma realidad: el maíz se distribuye entre Chicomecōatl, Xilonen, Centeotl, Ilamatecuhtli y Chicomexōchitl según etapas del ciclo agrícola. Michel Graulich aportó la lectura estructural del calendario festivo, H.B. Nicholson organizó el panteón en categorías temáticas y Guilhem Olivier trabajó sobre el ritual sacrificial en su marco propio.
“El jaguar, felino mayor de América, fue emblema guerrero nocturno de Tezcatlipoca y de las órdenes de jaguares mexicas. Es el tercer felino más grande del planeta.”
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