La muerte del general Venustiano Carranza en 1920 no marcó simplemente el fin de una vida, sino el cierre definitivo de la etapa más convulsa de la Revolución Mexicana. Al conocerse su fallecimiento, México quedó sumido en una incertidumbre política profunda, ya que su figura había mantenido unida a las facciones revolucionarias bajo un mando único durante años. La lealtad que muchos líderes militares y políticos sentían hacia Carranza se vio rápidamente redirigida o redefinida ante la ausencia del Constituyente. Los generales que habían luchado junto a él, como Adolfo de la Huerta o Pancho Villa, tuvieron que negociar nuevas alianzas en un tablero político que ya no tenía el mismo centro de gravedad. Este vacío de poder inmediato generó tensiones entre los estados y el gobierno federal, donde las disputas por la sucesión presidencial se convirtieron en el nuevo foco de conflicto, desplazando a los ideales revolucionarios originales por intereses territoriales y personales.
En el ámbito institucional, los meses posteriores a su muerte fueron cruciales para la consolidación del Estado mexicano moderno. La Convención Nacional Revolucionaria, que había sido dominada por la voluntad de Carranza, tuvo que reorganizar sus filas para sostener la legitimidad del gobierno entrante. Álvaro Obregón, quien ya se perfilaba como el sucesor designado, aprovechó este momento de fragilidad para estabilizar su posición y presentar una imagen de continuidad institucional frente al caos militar. La transición no fue pacífica; hubo intentos de golpes y movimientos militares en varios estados del norte, pero la estructura burocrática que Carranza había ayudado a construir demostró ser más resistente que las lealtades personales de los caudillos. Este periodo sentó las bases para el nacimiento del Partido Nacional Revolucionario (PNR), futuro PRI, que buscaría monopolizar el poder político mediante un sistema de cuotas y pactos internos, evitando así la guerra civil abierta que caracterizó a la época inmediatamente anterior.
En conclusión, la muerte de Venustiano Carranza actuó como un catalizador para transformar el México revolucionario desde una guerra entre caudillos hacia un sistema político institucionalizado. Aunque el proceso fue violento y lleno de traiciones, su caída permitió que las élites políticas acuerden reglas del juego que evitaran nuevas guerras civiles, dando paso al largo periodo de estabilidad política conocido como el Maximato.