Agustín de Iturbide, quien había abdicado como emperador de México en 1823, viajó a Europa para buscar apoyo financiero y político que le permitiera regresar al país. Su retorno en mayo de 1824 no fue una venida simple, sino el inicio de una campaña activa para derrocar la recién establecida República. Aterrizaron con un pequeño grupo de seguidores en el puerto de San Juan de los Lagos, donde intentaron convencer a las tropas del General Antonio López de Santa Anna de unirse a su causa restauradora. Sin embargo, el ambiente político era hostil; la opinión pública y el gobierno de Guadalupe Victoria veían su llegada como una traición inminente a la forma de gobierno republicana que se acababa de forjar.
Tras fracasar en sus primeros intentos de ganar apoyo militar, Iturbide fue capturado por las fuerzas leales al gobierno. Fue juzgado sumariamente y condenado a muerte por alto traición. La ejecución tuvo lugar el 19 de julio de 1824 en la plaza principal de Perote, Veracruz. Su última voluntad incluyó una carta dirigida a Santa Anna, pidiéndole que cuidara de su familia, aunque no fue escuchado. Este evento marcó el fin definitivo de las pretensiones imperiales iniciales en México y consolidó la idea de que la monarquía era incompatible con el espíritu independentista del país, cerrando el capítulo más dramático de la vida política de Iturbide.
El final de Agustín de Iturbide en 1824 sirvió como una lección política crucial para el México independiente. Su muerte no solo eliminó a un posible rival político, sino que también sentó un precedente claro sobre la inaceptabilidad del retorno de figuras autoritarias o monárquicas en la joven república mexicana.