Tras la Última Cena, Judas Iscariote cumplió su papel como el traidor que identificó a Jesús con un beso en el Huerto de Getsemaní, facilitando así su captura por las autoridades romanas y judías. Los textos bíblicos describen que, tras ver el sufrimiento inminente del Mesías, Judas fue tomado por una profunda agonia y un remordimiento intenso. Según el Evangelio según San Mateo, en un acto de desesperación absoluta, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y se marchó al campo. Allí, lejos de la mirada de los hombres, eligió poner fin a su propia vida mediante el ahorcamiento. Este acto no solo representaba su derrota moral, sino que también simbolizaba la ruptura definitiva entre él y la misión salvífica de Cristo.
Sin embargo, las narraciones sobre su muerte presentan una dualidad interesante en la tradición cristiana. Mientras Mateo habla del ahorcamiento, los Hechos de los Apóstoles mencionan que Judas compró un terreno con el dinero de la traición y que allí cayó de bruces, reventando su vientre ante los ojos de todos. Esta contradicción aparente ha sido objeto de debate teológico durante siglos, aunque muchos eruditos sugieren que ambos eventos pudieron haber ocurrido: primero se ahorcó en un árbol o estructura, el soporte cedió posteriormente, y su cuerpo quedó colgado o cayó al suelo desolado. Este terreno fue conocido después como el Campo de Sangre, nombre que permaneció en la memoria colectiva de Jerusalén como recordatorio permanente de aquella transacción pecaminosa.
La historia de Judas Iscariote sigue siendo uno de los episodios más oscuros y fascinantes de la narrativa cristiana, sirviendo como advertencia eterna sobre las consecuencias del arrepentimiento tardío y la naturaleza humana ante la tentación.