Tras la rápida derrota militar durante la Batalla de Francia en mayo y junio de 1940, el gobierno francés firmó el armisticio con la Alemania nazi, lo que dividió al país en dos zonas de influencia distintas. La zona norte y el oeste costero quedaron bajo ocupación directa de las tropas alemanas, mientras que el sur quedó bajo administración del régimen de Vichy, liderado por Philippe Pétain. Esta división no solo fue geográfica, sino también política e ideológica, marcando el inicio de una etapa oscura en la historia europea donde la soberanía francesa estaba severamente comprometida y dependiente de los caprichos del ocupante alemán.
Las consecuencias para la población civil fueron devastadoras. Se impusieron restricciones drásticas sobre la libertad de movimiento, se requirió mano de obra obligatoria a través del Servicio de Trabajo Obligatorio (STO) para llevar trabajadores franceses a fábricas alemanas y se estableció un sistema de racionamiento que provocó escasez generalizada de alimentos y recursos básicos. Además, el régimen colaboracionista de Vichy participó activamente en la persecución y deportación de judíos hacia campos de exterminio, una colaboración que sigue siendo objeto de profundo debate histórico y jurídico sobre la responsabilidad colectiva frente a la dictadura.
La invasión y posterior ocupación de Francia dejaron una cicatriz profunda en la identidad nacional y en la arquitectura política del país, sentando las bases para la reconstrucción democrática post-guerra y para una reflexión crítica sobre la colaboraciónismo y la resistencia que define la memoria histórica francesa hasta nuestros días.