Cuando Napoleón Bonaparte cruzó el río Niemen en junio de 1812 al mando de la Grande Armée, que contaba con unos 600.000 soldados, su objetivo era doblegar a Alejandro I de Rusia y extender el dominio francés hasta San Petersburgo. Sin embargo, la estrategia rusa, liderada por Kutúzov, se basó en una retirada estratégica, dejando tras de sí un territorio calcinado para negar provisions al ejército invasor. La batalla de Borodinovo, aunque tácticamente indistinta, fue estratégicamente decisiva para los rusos, ya que permitieron retirarse hacia Moscú, la cual decidieron incendiar. Al llegar a la capital rusa, Napoleón se encontró ante una ciudad en llamas y deshabitada, lo que provocó el pánico moral en las filas francesas y la necesidad de iniciar la retirada invernal.
La retirada de Rusia se convirtió en una catástrofe humanitaria y militar sin precedentes. El frío extremo, con temperaturas que superaban los -30 grados Celsius, el hambre, las enfermedades y las constantes emboscadas de las guerrillas cosacas y del ejército ruso regular diezmaron a la Grande Armée. De los cientos de miles de soldados que cruzaron la frontera, apenas 20.000 consiguieron regresar en condiciones dignas. Este desastre no solo marcó el fin del poder hegemónico de Napoleón en Europa, sino que también sentó las bases para las guerras napoleónicas finales, demostrando los límites del expansionismo francés y fortaleciendo la identidad nacional rusa.
La invasión de Rusia por Francia en 1812 representa uno de los puntos de inflexión más importantes de la historia militar moderna, donde la naturaleza y la estrategia defensiva vencieron a la fuerza bruta.