Qué hicieron los egipcios con Moisés: el relato bíblico completo
🏺 El relato de Moisés y los egipcios es uno de los más extensos y significativos de toda la literatura bíblica, narrado principalmente en el libro del Éxodo (capítulos 1 a 14). La historia comienza con un contexto de opresión: el faraón de Egipto, temeroso del creciente número de la población hebrea esclava, dictó una orden cruel que cambió para siempre el destino de Moisés. Según el texto bíblico, el faraón mandó a las parteras egipcias y a los capataces que mataran a todo varón hebreo recién nacido. Esta fue la medida más extrema de represión demográfica que Egipto aplicó contra los israelitas. Moisés nació precisamente bajo esa orden, lo que explica por qué su madre, Joquebed, lo ocultó durante tres meses antes de tomar una decisión desesperada. Moisés fue puesto en una cesta de junco recubierta de brea y depositado en el río Nilo para que las aguas lo llevaran fuera del alcance de los soldados egipcios. La hija del faraón, al encontrarlo, lo recogió y lo crió como hijo propio en el palacio. Así, el niño destinado a morir por decreto real creció con todos los privilegios de la realeza egipcia. Años después, tras un incidente en el que Moisés mató a un egipcio que golpeaba a un hebreo, huyó a la tierra de Madián. Allí se casó y vivió como pastor durante cuarenta años, alejado de la corte. Según el relato, fue en un matorral ardiendo donde Dios le reveló su misión: regresar a Egipto y exigir al faraón la liberación de su pueblo. Cuando Moisés regresó a Egipto junto a su hermano Aarón, se presentó ante el faraón con una exigencia clara: «Deja ir a mi pueblo, para que me celebren en el desierto». El faraón, lejos de ceder, endureció su postura y aumentó la carga de trabajo de los esclavos hebreos. Este primer enfrentamiento marcó el inicio de una escalada de confrontaciones que duró años. La respuesta egipcia ante las peticiones de Moisés no fue la negociación, sino una sucesión de diez plagas sobrenaturales enviadas por Dios como juicio contra Egipto. Cada plaga afectaba un aspecto de la vida egipcia: el Nilo se tornó en sangre, aparecieron ranas, pulgas, moscas, morbo en el ganado, úlceras, granizo, langostas y, finalmente, la muerte de los primogénitos. Cada plaga representaba también un desafío a los dioses del panteón egipcio. El Nilo sagrado se contaminó, la cosecha fue destruida, el sol (Asir) fue oscurecido. Los sacerdotes egipcios reconocieron ante Moisés que «justo eres tú y injustos nosotros», pero el faraón seguía resistiéndose. La décima plaga, la más devastadora, selló el destino de la relación entre Egipto y los hebreos. Murieron todos los primogénitos egipcios, desde el hijo del faraón hasta el primogénito del preso en la celda. Ante esta catástrofe, el faraón finalmente cedió y ordenó a Moisés que se fuera con todo su pueblo. La huida de los israelitas no fue pacífica. El faraón, arrepentido de haber perdido su mano de obra esclava, persiguió a la multitud egipcia con su ejército en carros de guerra. El relato describe cómo el mar se abrió (los rabinos lo llaman «Mar Rojo» o «Yam Suph», mar de los juncales) y las aguas se cerraron sobre los carros egipcios, hundiendo al ejército del faraón. El episodio no termina ahí. En pasajes posteriores del Deuteronomio y en tradiciones rabínicas, se menciona que Egipto intentó recuperar a los hebreos en varias ocasiones, y que la relación entre ambos pueblos quedó marcada por siglos de tensión. La exacción egipcia contra Moisés pasó de la esclavitud a la persecución militar, y el Éxodo se convirtió en el evento fundacional de la identidad hebrea.
Tras la décima plaga (muerte de los primogénitos), el ejército egipcio que persiguió a los hebreos fue destruido al hundirse en las aguas del mar que se cerraron sobre ellos.
Dato clave