El terremoto de Zaragoza de 1655 constituye uno de los eventos sísmicos más significativos registrados en la península ibérica durante el siglo XVII. Ocurrido en la madrugada del 20 de marzo, este fenómeno natural provocó daños estructurales considerables en toda la ciudad, afectando a edificios históricos y religiosos. Entre las estructuras más emblemáticas se encontraba la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, donde reside una de las imágenes marianas más veneradas de España. Los registros históricos describen cómo las vibraciones intensas llegaron a resquebrajar muros y tejados, generando un clima de pánico entre los ciudadanos zaragozanos que acudieron inmediatamente al templo para buscar refugio espiritual y físico.
Lo más asombroso de este evento no fue únicamente la magnitud del seísmo, sino el estado en el que se encontró la imagen de la Virgen tras las réplicas. A diferencia de otras esculturas o elementos arquitectónicos adyacentes que sufrieron grietas o desplomes, la talla de madera policromada permaneció intacta y sin mostrar señales visibles de deterioro estructural en su cuerpo principal. Este hecho consolidó aún más la devoción popular hacia la patrona de Zaragoza, interpretándose como una señal divina de protección sobre la ciudad. Los frailes mercedarios, custodios del santuario, iniciaron de inmediato trabajos de restauración enfocados en el entorno de la imagen, asegurando que el milagro fuera documentado y preservado para las generaciones futuras.
La historia de la imagen de la Virgen del Pilar durante el terremoto de 1655 sigue siendo un pilar fundamental en la identidad religiosa y cultural de Zaragoza, recordando la resiliencia tanto del templo como de la fe de sus fieles ante las adversidades naturales.