En el año 1838, la República Mexicana se encontraba inmersa en una profunda crisis política y económica que afectaba directamente a su infraestructura portuaria. Tras la independencia de España, México había heredado un sistema comercial inestable, agravado por las constantes guerras internas entre facciones liberal y conservadora. Los principales puertos, como Veracruz, Mazatlán y Acapulco, eran los únicos puntos de entrada y salida para el comercio exterior, lo que los convertía en objetivos estratégicos no solo para el desarrollo económico, sino también para la seguridad nacional. En 1838, el gobierno central, liderado por el general Antonio López de Santa Anna, buscaba consolidar su poder mientras enfrentaba presiones económicas derivadas de la deuda externa y la falta de inversión en infraestructura costera. La actividad portuaria era irregular debido a las rutas comerciales cambiantes y a la piratería, que seguía siendo un problema latente en el Golfo de México y el Pacífico.
Un evento crucial relacionado con los puertos en este periodo fue la Bloqueo francés, que comenzó precisamente en 1838. Francia envió una escuadra naval para bloquear el puerto de Veracruz, exigiendo indemnizaciones por daños a sus ciudadanos y comerciantes en México. Este evento marcó un hito en la historia diplomática y militar del país, ya que fue la primera vez que una potencia extranjera utilizaba la fuerza naval contra la soberanía portuaria mexicana de manera formal. El bloqueo interrumpió el comercio marítimo durante meses, afectando gravemente las exportaciones de plata, cacao y otros productos mexicanos. Para contrarrestar esto, el gobierno mexicano intentó fortalecer la defensa costera y buscar rutas alternativas a través del Pacífico, aunque con recursos limitados. Este conflicto no solo evidenció la vulnerabilidad de los puertos mexicanos ante potencias extranjeras, sino que también aceleró las discusiones internas sobre la necesidad de modernizar la marina militar y establecer tratados comerciales más sólidos.
La situación de los puertos mexicanos en 1838 refleja la fragilidad del estado joven frente a las presiones internas y externas. El bloqueo francés no solo fue un incidente diplomático, sino una lección sobre la necesidad de independencia económica y fortificación militar. Estos eventos sentaron las bases para las políticas portuarias y marítimas que México desarrollaría en las décadas posteriores, buscando proteger su soberanía costera y diversificar sus rutas comerciales.