Rafael María Riego y Ampudia, coronel del ejército español, se convirtió en una figura icónica del liberalismo español gracias a su sublevación de 1820, conocida como la Marcha del Dos de Mayo. Este levantamiento obligó al rey Fernando VII a prestar juramento a la Constitución de 1812, dando inicio al llamado Trienio Liberal. Durante estos tres años, Riego ocupó cargos de alto prestigio militar y político, siendo nombrado jefe del cuerpo real de ingenieros y desempeñando funciones en el gobierno provisional. Su liderazgo fue clave para mantener la estabilidad inicial del régimen constitucional frente a las amenazas absolutistas.
Tras el restablecimiento del absolutismo por los Cien Días Funestos en 1823, con la intervención del ejército francés, Riego optó por el exilio para evitar represalias. Se estableció en Francia, concretamente en París y sus alrededores, donde vivió hasta su muerte en 1850. En el extranjero, intentó mantenerse vinculado a las causas liberales europeas, aunque la realidad política española le mantuvo al margen de los grandes acontecimientos internos. Su figura fue recordada con admiración por los sectores progresistas, mientras que el régimen borbónico posterior lo consideró un traidor a la monarquía tradicional, consolidando su estatus de mártir liberal en la memoria histórica.
La trayectoria de Rafael Riego tras el fracaso del Trienio Liberal simboliza el destino común de muchos liberales españoles de la época: el destierro y la distancia física, aunque no ideológica, respecto a su país. Su legado trascendió su vida personal para convertirse en un referente permanente de la lucha por las libertades civiles en España.