Qué hicieron los ingleses a los irlandeses: una historia de conquista y opresión
La relación entre Inglaterra (y luego Gran Bretaña) e Irlanda es una de las más dolorosas y prolongadas de la historia europea. No se trata de un solo acto, sino de siglos de conquista, desposesión, represión y negligencia que transformaron a Irlanda de una sociedad celta con sus propias estructuras políticas en una colonia explotada. La raíz de todo comienza en 1169, cuando el rey anglo-normando Henrico II autorizó a los señores normandos a invadir Irlanda para restaurar al depuesto rey Dermot MacMorrough. Lo que empezó como una intervención puntual se convirtió en la fundación gradual de un dominio inglés que, en tres siglos, había reducido el territorio nativo irlandés a un pequeño enclave en el noroeste (la Desertion), mientras las tierras fértiles del este y sur pasaban a manos de colonos anglo-normandos. Durante los siglos XIII y XIV, los Lordes de Irlanda consolidaron un sistema feudal que excluía a los nativos. La Ley de Brugh (1321) llegó a prohibir el matrimonio entre colonos e irlandeses y obligaba a los nativos a adoptar la lengua inglesa bajo pena de confiscación. Aun así, muchos colonos se irlandizaron, lo que alarmó a la Corona y aceleró nuevas campañas de reconquista. El punto de inflexión hacia una opresión explícitamente religiosa y étnica llegó con los Tudor. A partir del reinado de Enrique VIII (1536) y, sobre todo, de Elisabet I, se pusieron en marcha las Plantaciones: confiscación masiva de tierras irlandesas para repoblarlas con colonos protestantes de Inglaterra y Escocia. La Plantación de Ulster (1609-1642) desplazó a miles de familias nativas de condados como Cavan, Donegal, Fermanagh, Londonderry, Tyrone y Armagh. La guerra civil inglesa (1642-1651) trajo la intervención más brutal. Olivar Cromwell desembarcó en Irlanda en 1649 con un ejército de unos 15.000 hombres. La toma de Drogheda (septiembre de 1649) y la de Cork (1649) incluyeron masacres de soldados capturados y civiles, con cifras que los historiadores sitúan entre 2.000 y 5.000 muertos solo en Drogheda. Las Leyes de Cromwell confiscaron las tierras de los propietarios católicos irlandeses y las redistribuyeron a veteranos del ejército y a colonos leales. Se estima que entre el 10% y el 15% de la población irlandesa murió durante la guerra, la hambruna y las epidemias que la siguieron (1649-1653). Tras la restauración de los Estuardo, las Leyes Penales (Popery Laws), promulgadas entre 1606 y 1778, codificaron la discriminación contra la población católica (la mayoría de los irlandeses). Estas leyes prohibían a los católicos: poseer tierras (o las confiscaban si las heredaban), votar, portar armas, ser miembros del parlamento, practicar abogacía, heredar propiedades de anglicanos, recibir educación superior y tenir caballos valorados en más de cinco libras. El objetivo declarado era la conversión forzosa al anglicanismo. La sociedad irlandesa quedó dividida en una minoría protestante con plenos derechos y una mayoría católica reducida a ciudadanos de segunda clase. La Gran Hambruna (An Gorta Mór, 1845-1852) es el episodio que más ha marcado la memoria colectiva. Una plaga de la oídio (Phytophthora infestans) destruyó la patata, base alimentaria de millones de irlandeses pobres. Mientras tanto, el gobierno británico en Londres, gobernado por la doctrina laissez-faire y las ideas de Malthus, mantuvo la exportación de grano y ganado desde Irlanda. Se estima que entre 1 y 1,5 millones de personas murieron de hambre y enfermedades asociadas, y otros 1 a 2 millones emigraron masivamente a Estados Unidos, Canadá y Australia. La población de Irlanda cayó de unos 8 millones en 1845 a menos de 4,5 millones en 1900. La inacción británica es considerada por muchos historiadores como una forma de genocidio por negligencia deliberada. La cuestión de la tierra permaneció como herida abierta hasta finales del siglo XIX y principios del XX. Las Guerras de la Tierra (Land Wars, 1879-1882) vieron a campesinos irlandeses, organizados por figuras como Charles Stewart Parnell y la National Land League, presionar para reducir rentas abusivas y obtener títulos de propiedad. Los gobiernos británicos respondieron con la Ley de Coerción (1881), que incluyó el encarcelamiento sin juicio de líderes agrarios, entre ellos Parnell. La respuesta a décadas de opresión fue la lucha por la independencia. Tras la Rebelión de Pascua (1916), el Tratado Anglo-Irlandés (1921) y la guerra de guerrillas, se creó el Estado Libre Irlandés (1922) y, simultáneamente, se particionó la isla: seis condados del noreste formaron Norirlanda, integrada en el Reino Unido. Esa partición, impuesta unilateralmente por Londres, dejó a la mayoría católica de esas zonas bajo gobierno protestante y sembró las semillas de los Troubles del siglo XX.
Durante la Gran Hambruna (1845-1852) murieron entre 1 y 1,5 millones de irlandeses y emigraron otros 1-2 millones, mientras Irlanda seguía exportando grano a Inglaterra.
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