Qué hicieron los ingleses en Irlanda: siglos de dominación
La historia de la presencia inglesa en Irlanda abarca más de siete siglos y constituye uno de los conflictos nacionales más largos y dolorosos de Europa. Todo comienza en 1169, cuando el rey Henrique II de Inglaterra envió tropas normandas a petición del rey irlandés Diarmait Mac Murchadha, quien buscaba apoyo militar. Lo que empezó como una alianza táctica se convirtió rápidamente en una ocupación efectiva del territorio, consolidada en 1171 cuando el propio Henrique II desembarcó con un ejército considerable.
Durante los siglos XIII y XIV, la Corona inglesa fue extendiendo su control sobre las tierras irlandesas. Se impuso el Derecho inglés, se reemplazó a la aristocracia gaélica por señores normandos y anglosajones, y se establecieron guarniciones militares en puntos estratégicos. Los irlandeses nativos quedaron progresivamente desposeídos de sus tierras y reducidos a un estatus jurídico inferior, una dinámica que se repitió durante toda la posterior historia colonial.
El periodo tudor, especialmente bajo Isabel I (1558-1603), marcó un giro decisivo. Se lanzó la llamada Reconquista Tudor, una campaña militar sistemática para someter los reinos gaélicos restantes. Tras las rebeliones de Silken Thomas y Lord Desmond, la Corona inició las Plantaciones: expropiación masiva de tierras irlandesas y su reparto a colonos escoceses e ingleses protestantes. Esta política generó un resentimiento profundo que persiste hasta la actualidad.
Quizás el episodio más sangriento sea la campaña de Olivario Cromwell (1649-1653). Tras la derrota de los irlandeses en la Guerra de los Tres Reinos, Cromwell llevó a cabo una campaña de castigo que incluyó las masacres de Drogheda y Wexford, donde murieron miles de civiles y soldados rendidos. Las tierras confiscadas se redistribuyeron a soldados y colonos, consolidando la presencia protestante en el noreste de la isla.
Entre los siglos XVII y XVIII se impusieron las Leyes Penales, un conjunto normativo que prohibía a los católicos irlandeses poseer tierras, ejercer profesiones liberales, portar armas, mantener escuelas o participar en la vida política. Estas leyes convirtieron a la mayor parte de la población irlandesa en ciudadanos de segunda clase durante casi dos siglos.
El Acto de Unión de 1800 disolvió el Parlamento irlandés e integró formalmente Irlanda en el Reino Unido. Aunque existía un parlamento en Dublín, la decisión final residía en Londres. Las reformas católicas de Catolic Relief (1793) y la Emancipación Católica (1829) aliviaron parcialmente las restricciones, pero el control económico y político siguió en manos de la élitera protestante unionista y de la administración londinense.
La Gran Hambruna o An Gorta Mór (1845-1852) constituye uno de los capítulos más trágicos. La monografía de la patata mató o emigró a casi un millón y medio de irlandeses. Lo que ocurrió en Irlanda fue una catástrofe demográfica de proporciones enormes: se estima que murieron entre 1 y 1,5 millones de personas y emigró una cifra similar. La respuesta del gobierno británico se basó en la doctrina del libre comercio y la responsabilidad individual, negándose a aplicar medidas de emergencia contundentes, una política que muchos historiadores califican de genocidio por omisión.
En 1916, el Rising de Pascua en Dublín encabezado por republicanos como Pádraib Pearse y James Connolly fracasó militarmente, pero transformó la opinión pública irlandesa. La ejecución de los líderes tras el juicio rápido generó una ola de simpatía masiva. En 1918, el partido Sinn Féin arrasó en las elecciones legislativas, declarando su independencia y fundando un parlamento paralelo en Dublín.
La guerra que siguió culminó en la Partición de Irlanda (1921), que dividió la isla: el Estado Libre del Sur (hoy República de Irlanda) obtuvo un estatus intermedio, mientras que las seis condelas del noreste permanecieron en el Reino Unido como Irlanda del Norte, con una mayoría protestante que ha mantenido tensiones interconfesionales hasta el Acuerdo de Viernes Santo de 1998.
Las Leyes Penales prohibieron a los católicos irlandeses poseer tierras, ejercer profesiones o portar armas durante casi 200 años.
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