Qué hicieron los romanos en la península ibérica: conquista, romanización y legado
La presencia romana en la península ibérica comenzó oficialmente en el 218 a.C., cuando el cónsul Publio Cornelio Escipión desembarcó en Empúrias tras la Primera Guerra Púnica. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó durante la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.), cuando Escipión el Africano tomó Gadir (Cádiz) y fundó la ciudad de Carteia, consolidando la presencia militar romana frente a Cartago. Tras la destrucción de Cartago en el 146 a.C., Roma convirtió la península en un objetivo estratégico por sus ricas minas de plata, oro y estaño. La conquista no fue un acto único sino un proceso que duró más de 200 años. Tras las Guerras Sertorianas (81-72 a.C.) y varias revueltas celtas e íberas, el emperador Augusto completó la pacificación definitiva en el año 19 a.C. con la sumisión de los cántabros y astures, tras las llamadas Guerras Cántabras. En total, se calcula que Roma desplegó más de 30 legiones a lo largo de este proceso. Una vez conquistada, la península fue organizada en varias provincias: Hispania Citerior, Hispania Ulterior, y más tarde Baetica, Tarraconensis, Lusitania y Carthaginensis. Cada una contaba con una capital administrativa: Tarraco (Tarragona), Hispalis (Sevilla), Emerita Augusta (Mérida) y Caesaraugusta (Zaragoza), entre otras. La obra pública romana en Hispania fue extraordinaria. Se construyeron más de 12.000 kilómetros de calzadas, incluyendo la Vía Augusta (que unía Tarragona con A Coruña), la Vía Complutensis y la Vía Heraclea. También se erigieron acueductos como el de Segovia (s. I d.C.), pontones, teatros, anfiteatros, termas y foros en prácticamente todas las ciudades importantes. La romanización fue un proceso profundo que transformó la identidad de los pueblos ibéricos. Se impuso el latín como lengua administrativa y de comercio, el derecho romano como sistema jurídico, y se extendió el modelo de vida urbana. Los nativos que aceptaban la ciudadanía romana podían acceder a cargos públicos, propiedad y exenciones fiscales. Este proceso fue desigual: las zonas del sur (Baetica) se romanizaron antes que las del norte montañoso. En el ámbito económico, los romanos explotaron intensivamente las minas de plata de Cartagena (Las Medulias, Riotinto), los olivares de la Bética (la olea baetica era exportada a Roma en ánforas) y establecieron rutas comerciales por el Mediterráneo. El sistema de villa rústica introdujo nuevas técnicas agrícolas, como el regadío avanzado y la viticultura. Entre los siglos I y III d.C., Hispania fue una de las provincias más prósperas del Imperio, de la que salieron emperadores como Trajano, Adriano, Marco Aurelio y Teodosio, lo que demuestra el alto grado de integración de la élite hispana en la estructura política romana. La arquitectura y el urbanismo romanos dejaron un huella indeleble: Mérida conserva un teatro, un anfiteatro, un circo y el acueducto del Agua Fria, declarados Patrimonio de la Humanidad. Tarragona mantiene su anillo amurallado de 300 metros de largo y los restos de su anfiteatro. Santiago de Compostela (Bracara Augusta) conserva termas romanas en funcionamiento parcial. El legado romano en Hispania no se limitó a la piedra. El sistema legal romano es la base del derecho civil español actual, el calendario, las medidas y pesos, la estructura de la administración local (municipios) y, sobre todo, el idioma: el castellano, el catalán, el gallego y el euskera en su vocabulario de base son herederos directos del latín hispano.
Cinco emperadores romanos fueron originarios de Hispania: Trajano, Adriano, Marco Aurelio, Cómodo y Teodosio.
Dato clave