El debate sobre si es más efectivo correr en estado de ayuno o después de ingerir alimentos ha generado muchas discusiones entre corredores y nutricionistas. Correr en ayunas implica realizar actividad física con niveles bajos de glucógeno hepático, lo que obliga al cuerpo a depender mayoritariamente de las reservas de grasa como fuente de energía. Este método, conocido como fasted cardio, puede ser útil para quienes buscan optimizar la quema de grasas, aunque no es necesariamente superior en términos absolutos de pérdida de peso si el balance calórico diario no se controla correctamente. La ventaja principal reside en la adaptación metabólica a largo plazo, donde el organismo aprende a utilizar los ácidos grasos con mayor eficiencia. Sin embargo, para muchas personas, esta práctica puede resultar agotadora y limitar el rendimiento deportivo si la intensidad es alta.
Por otro lado, desayunar antes de correr ofrece una fuente inmediata de glucosa que mejora el rendimiento, especialmente en sesiones de alta intensidad o larga duración. Al tener combustible disponible, se reduce el riesgo de hipoglucemia, mareos o fatiga prematura, permitiendo mantener un ritmo constante y cómodo. Para la mayoría de los corredores recreativos, un desayuno ligero, como una pieza de fruta o un puñado de avena, puede marcar la diferencia en la percepción de esfuerzo durante la carrera. La elección entre ambas opciones depende de objetivos específicos: si el fin es perder peso, lo crucial es el déficit calórico total; si el objetivo es mejorar tiempos, tener algo de comida suele ser más beneficioso para la seguridad y la consistencia del entrenamiento.
En conclusión, no existe una respuesta única para todos. Si eres principiante o notas malestar al entrenar sin comer, prioriza el desayuno. Si buscas mejorar tu eficiencia metabólica y ya tienes experiencia, puedes probar períodos de ayuno intermitente de forma progresiva. Lo más importante es escuchar a tu cuerpo y mantener la constancia en tus hábitos de vida saludable.