La elección de la hora para salir a correr no depende únicamente de tu agenda, sino de cómo responde tu cuerpo al ejercicio en distintos momentos del día. Muchos estudios sugieren que correr por la mañana en ayunas puede favorecer una mayor oxidación de grasas, ya que los niveles de glucógeno muscular son más bajos tras las horas de sueño. Sin embargo, esto no significa necesariamente un mayor déficit calórico total a lo largo del día, pero sí puede optimizar el uso de reservas energéticas lipídicas durante la actividad física.
Por otro lado, correr por la tarde o al atardecer suele coincidir con temperaturas corporales más altas y una mayor flexibilidad articular, lo que permite rendir mejor y aumentar la intensidad del esfuerzo. Un entrenamiento más intenso puede generar un mayor efecto EPOC (consumo excesivo de oxígeno post-ejercicio), lo que acelera el metabolismo durante las horas posteriores al trote. La consistencia es el factor determinante: la mejor hora es aquella en la que puedas mantener la regularidad sin lesionarte ni abandonar el hábito.
En resumen, no existe una hora mágica universal. Si tu objetivo es la salud metabólica y el uso de grasas, prueba las mañanas; si buscas rendimiento y seguridad física, las tardes son ideales. Lo más importante es escuchar a tu cuerpo y ser constante en cualquier franja horaria que elijas.