El SARS-CoV-2, responsable de la pandemia más devastadora de las últimas décadas, es un virus zoonótico, lo que significa que tiene su origen en animales. A diferencia de otros patógenos que saltaron directamente de una especie silvestre a los humanos, el caso del coronavirus actual mantiene a la comunidad científica dividida sobre la ruta exacta de transmisión. Los murciélagos son considerados, con alta probabilidad, como el huésped reservorio natural. Esto se debe a que diversas especies de estas criaturas, particularmente las del género Rhinolophus, albergan una enorme diversidad de betacoronavirus en sus pulmones sin desarrollar síntomas graves, actuando como un santuario evolutivo donde los virus mutan y adaptan su capacidad para infectar otras especies.
Sin embargo, el salto directo de murciélago a humano es biológicamente improbable debido a las diferencias en las proteínas de superficie necesarias para la entrada celular. Por ello, se postula la existencia de un huésped intermediario, un animal que sirvió como puente epidemiológico. Los candidatos más estudiados incluyen al pangolín chino, cuyo coronavirus muestra una similitud estructural notable en la proteína espiga (Spike) con el SARS-CoV-2, así como a otras especies de mamíferos y hasta aves. La incertidumbre persiste porque las cadenas de suministro animal son complejas y los registros de mercado húmedo son limitados, lo que dificulta rastrear el evento index exacto de la transmisión interespecie.
Determinar con certeza absoluta la cadena completa de transmisión sigue siendo un desafío científico y político. Mientras tanto, la vigilancia epidemiológica global y el estudio del comercio de fauna silvestre son esenciales para prevenir futuras pandemias y entender mejor la ecología de estos virus emergentes.