Cómo se fabrica el jabón de Alepo: el arte milenario de la saponificación siria
El jabón de Alepo, también conocido como jabón sirio o jabón Ghar, es un jabón duro elaborado a base de aceite de oliva sobreengrasado con aceite de laurel. Se fabrica de manera artesanal desde hace más de 2.000 años en la región de Alepo, al norte de Siria, ciudad cuyo nombre árabe (Halab) significa "leche fresca". Está considerado el primer jabón duro de la historia y el antecesor directo del jabón de Marsella y del jabón de Castilla.
Se cree que este jabón llegó a Europa en la época de las cruzadas, extendiéndose el arte de hacer jabón con aceite de oliva desde Siria hacia Italia, Francia y España gracias a los navegantes mediterráneos. Es decir, cuando alguien se pregunta cómo se fabrica el jabón de Alepo, está preguntando por el origen mismo de la jabonería europea.
La composición tradicional es extraordinariamente sencilla y se reduce a cuatro ingredientes:
- Aceite de oliva, que constituye la base principal del jabón.
- Aceite de laurel (Laurus nobilis), que aporta la característica más distintiva y define la gama del producto.
- Sosa cáustica o hidróxido de sodio, necesaria para que se produzca la saponificación.
- Agua, que se va perdiendo lentamente durante la larga maduración.
El auténtico jabón de Alepo no lleva perfumes sintéticos, colorantes, conservantes ni aditivos químicos, lo que lo convierte en un producto hipoalergénico, 100 % vegetal y respetuoso con el medio ambiente. Esa pureza de ingredientes es parte esencial de su identidad artesanal.
El aceite de laurel utilizado tradicionalmente procede de las bayas del laurel. Las familias recolectan los frutos, los cuecen y separan el aceite que asciende a la superficie. A este aceite se le denomina ghar, y es uno de los elementos que dan nombre al jabón tradicional sirio. Su proporción dentro de la mezcla de aceites es el parámetro que define el tipo de jabón y su gama comercial, existiendo elaboraciones con porcentajes bajos y otros con proporciones mucho más elevadas.
La elaboración tradicional comienza en invierno, cuando la temperatura ambiente favorece el trabajo. El aceite de oliva, el aceite de laurel y la lejía alcalina se combinan y se cuecen en un gran caldero, tradicionalmente de piedra, hasta obtener una masa espesa de jabón. La saponificación es la reacción química que convierte las grasas en jabón y glicerina natural; el hidróxido de sodio da lugar a una sebo o seife sólida, mientras que el hidróxido de potasio produciría jabones líquidos.
En la práctica casera, la lejía se prepara vertiendo siempre la sosa sobre el agua fría, nunca al revés, para evitar salpicaduras y reacciones violentas. Se deja enfriar hasta unos 40-45 °C. El aceite de oliva se calienta suavemente hasta alcanzar esa misma temperatura, ya que igualar las temperaturas es vital para que las moléculas de grasa reaccionen correctamente con el álcali.
Después se vierte la lejía sobre el aceite y se bate hasta alcanzar el punto de traza, una textura de natillas en la que los triglicéridos empiezan a transformarse en sales de jabón. Ese punto es el indicador visual de que la reacción ha comenzado de forma homogénea y la masa ya puede moldearse.
Una vez alcanzado el punto adecuado, la mezcla se vierte sobre una gran superficie plana o se enmolda, se golpea para eliminar el aire atrapado y se cubre con una manta para retener el calor y completar la saponificación de forma uniforme. Tras enfriarse y endurecerse, generalmente entre 24 y 48 horas, la pasta se corta en piezas cúbicas. En el método tradicional este corte se realiza manualmente sobre la gran plancha de jabón por los propios artesanos.
Después del corte, cada pieza se marca con el sello estampado del artesano, de la familia o del productor. Ese sello no es meramente decorativo: tradicionalmente identifica el origen del jabón y forma parte de su carácter artesanal. La UNESCO, que en 2024 inscribió la artesanía del jabón Ghar de Alepo en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, recoge precisamente esta práctica de marcar cada cubo a mano con el nombre de la familia como expresión de identidad y continuidad entre generaciones.
La fase de secado y maduración es una de las más importantes del proceso. Las pastillas recién cortadas se apilan dejando espacios entre ellas para que el aire circule libremente. Durante los meses siguientes el jabón va perdiendo agua, se endurece y cambia progresivamente de color. La documentación tradicional describe periodos de secado de entre seis y nueve meses, aunque algunas piezas pueden envejecer durante más tiempo, llegando incluso al año para obtener mejores resultados.
Con la maduración, el exterior adquiere tonos ocres, dorados o marrones mientras el interior puede conservar un tono más verdoso, de color verde esmeralda al corte. Esta diferencia entre la corteza exterior y el corazón del jabón es una de las características tradicionales de las pastillas curadas durante largo tiempo, y explica que el color original verdoso vaya virando a un tono café por la oxidación de sus componentes.
“La UNESCO inscribió la artesanía del jabón Ghar de Alepo en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial en 2024”
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