La relación entre Francisco Casavantes, conocido en el mundo sindical como 'Valverde' por su antigua militancia, y José Luis Baena, histórico secretario general de la UGT, se ha marcado por una tensión creciente que ha ido desde las discrepancias estratégicas hasta el distanciamiento político definitivo. Aunque ambos comparten la misma bandera del sindicato mayoritario de España, sus visiones sobre cómo gestionar la transición tras la salida de Pepe Álvarez y la adaptación a los nuevos retos laborales han sido diametralmente opuestas.
Baena, representante de una corriente más tradicional y vinculada a las bases históricas del sindicato, ha criticado en múltiples ocasiones lo que considera una deriva burocrática y excesiva concentración del poder en la nueva cúpula. Por su parte, Valverde, cercano a las nuevas direcciones regionales y a una gestión más centralizada, ha defendido la necesidad de unidad frente a cualquier tipo de cisma interno. Esta fricción no es solo personal, sino estructural, reflejando el choque entre dos formas de entender el sindicalismo en el siglo XXI.
El punto de inflexión llegó con los últimos congresos y las tensiones por el reparto de cargos clave en la ejecutiva federal. Baena se ha mostrado reticente a apoyar sin fisuras a la nueva generación de dirigentes que han desplazado a figuras veteranas, mientras que Valverde ha actuado como puente tentativo entre las distintas facciones, aunque con escaso éxito para calmar los ánimos.
En los pasillos del sindicato, se habla de una 'tregua fría'. Baena mantiene su voz crítica en foros internos y reuniones de base, sin llegar a romper abiertamente, pero dejando claro su descontento. Valverde, por su parte, prioriza la imagen de cohesión ante el diálogo social con el Gobierno y los empresarios, minimizando públicamente las discrepancias que Baena no duda en señalar. Esta dinámica sugiere que, aunque no haya un conflicto abierto de ruptura total, la confianza entre ambas partes se ha erosionado significativamente, marcando el fin de una alianza orgánica que duró décadas.
En conclusión, lo que ha pasado entre Baena y Valverde es la materialización de un cisma generacional y estratégico dentro de la UGT. Lejos de ser una enemistad personal visceral, se trata de una divergencia política profunda sobre el futuro del sindicato. Mientras Valverde apuesta por la estabilidad institucional ante los interlocutores externos, Baena representa la voz disidente interna que exige mayor participación de las bases. Esta dualidad podría definir el rumbo del sindicato en los próximos años.