La historia detrás de la oreja de Van Gogh es una de las más fascinantes y tristes de la historia del arte. El 23 de diciembre de 1888, mientras vivía en la Casa Amarilla de Arles, Francia, el pintor holandés Vincent van Gogh sufrió un brote agudo de lo que hoy se cree fue una crisis de esquizofrenia o epilepsia del lóbulo temporal. Tras una violenta discusión con su amigo y cohabitante Paul Gauguin, Van Gogh entró en un estado de furia incontrolable.
En ese momento de extrema confusión y dolor, tomó una navaja de afeitar y se cortó parte de la oreja izquierda. La herida fue tan grave que tuvo que ser atendido de urgencia por el doctor Félix Rey, quien realizó una operación compleja para detener la hemorragia. Según los informes médicos de la época, Van Gogh perdió aproximadamente dos tercios de su oreja, aunque conservó el lóbulo inferior. El pintor, en un acto que refleja tanto su delirio como su obsesión artística, envió la oreja amputada a una joven prostituta llamada Gabrielle Berlatier, con quien había mantenido una breve relación, dejándola sobre la mesa de un café local.
El destino del cuadro y el mito
Muchos creen erróneamente que se perdió la oreja física o el lienzo completo, pero la realidad es distinta. Van Gogh pintó su autorretrato con la oreja vendada poco después del incidente, titulado Autoportrait à l'oreille bandée. Este cuadro se conserva hoy en la National Gallery of Art de Washington D.C., donde es posible observar el detalle de la venda que cubría la herida. No existe una oreja física perdida en algún museo, ya que probablemente fue descartada o destruida por los servicios médicos o familiares de la época debido a razones higiénicas y logísticas.
Lo que sí sabemos con certeza es que este evento marcó un punto de inflexión en la vida del artista. Van Gogh pasó semanas en una institución psiquiátrica local, donde continuó pintando con una productividad asombrosa. El episodio no solo le costó parte de su cuerpo, sino que aceleró el deterioro de su salud mental, llevándolo a ingresar voluntariamente en varios sanatorios durante los últimos años de su vida, hasta su trágica muerte en 1890, poco después del final de su carrera artística.
La historia de la oreja de Van Gogh trasciende el simple hecho físico; es un símbolo del sufrimiento humano, la genialidad artística bajo presión psicológica extrema y la fragilidad de la mente humana. Hoy, los historiadores del arte siguen debatiendo las causas exactas de su enfermedad, pero uno está seguro: este trágico episodio no detuvo su creatividad, sino que añadió una capa de profundidad emocional a sus obras más célebres.