Cómo los mexicas conocieron y estudiaron los cuerpos celestes
Los mexicas desarrollaron un sistema astronómico de gran complejidad que les permitía observar, registrar y predecir el movimiento de los cuerpos celestes con notable precisión. Su conocimiento no era puramente teórico: estaba íntimamente ligado al calendario agrícola, a los rituales religiosos y al poder político del imperio. Los sacerdotes-astrónomos, conocidos como tlamatini, dedicaban su vida a vigilar el cielo desde posiciones elevadas.
Una de las estructuras más importantes para la observación astronómica era el Templo Mayor en Tenochtitlan. Este templo doble, dedicado a Huitzilopochtli y Tláloc, estaba alineado de manera que permitía marcar solsticios y equinoccios. Las plataformas superiores servían como puestos de observación privilegiados, desde donde los tlamatini podían seguir la trayectoria del Sol, la Luna y los planetas durante años.
Para registrar sus observaciones, los mexicas empleaban dos calendarios interconectados: el Tonalámatl de 260 días, usado para fines rituales y divinatorios, y el Xiuhpohualli de 365 días, alineado con el año solar. La intersección de ambos creaba un ciclo mayor de 52 años (el ciclo de Cempinalli), que servía como marco temporal para interpretar los movimientos celestes y sus implicaciones para la sociedad.
Entre los cuerpos celestes más vigiados estaba Venus, al que llamaban Tlahuizcalpantecuhtli (Señor del Lucero). Los mexicas distinguía su aparición como estrella de la mañana y como estrella de la tarde, y calculaban con precisión su período sinódico de aproximadamente 584 días. El surgimiento helíaco de Venus marcaba momentos críticos en el calendario ritual y en las decisiones militares.
También identificaron y nombraron constelaciones propias muy distintas a las europeas. En la Luna veían un conejo que la mordía (o una tortuga, según interpretaciones), entre las estrellas de la Vía Láctea reconocían una gran serpiente o un camino de águilas, y en la constelación de Escorpio (Tlalticuatzin) veían un escorpión. El Sol era Tonatiuh, la Luna Meziatl, y cada uno tenía un ciclo ritual asociado.
La predicción de eclipses era una de las hazañas más valoradas. Los mexicas no siempre aciertaban en sus predicciones, pero el registro sistemático de estos eventos a lo largo de generaciones les otorgaba una capacidad predictiva que reforzaba la autoridad del tlatoani y del cuerpo sacerdotal. Un eclipse inesperado podía interpretarse como mal agüero y desencadenar rituales extraordinarios.
Los códices mexicas y poscolombinos (Códice Borgia, Códice Borbonicus, Códice Cosas) contienen representaciones pictográficas de eventos celestes: soles naciente, lunas con rayos, estrellas fugaces y conjunciones planetarias. Estos documentos, aunque muchos fueron destruidos o copiados por frailes españoles en los siglos XVI y XVII, son testigos inequívocos de un sistema de conocimiento astronómico sostenido durante siglos.
Además de los templos, los mexicas utilizaban marcas topográficas naturales: colinas, cerros y ríos servían como referencias fijas para medir la posición del Sol en distintos momentos del año. El cerro de Copilco, por ejemplo, se asocia con la observación estelar y con prácticas de adivinación ligadas al cielo nocturno.
El conocimiento astronómico no era patrimonio exclusivo de los sacerdotes: los agricultores también dependían del calendario celeste para determinar épocas de siembra y cosecha. La salida de las Pléyades (que llamaban Tezcatzilpotonatiuh, el Sol que se hunde) marcaba el inicio de la temporada de lluvias y, con ella, el ciclo agrícola del maíz. Así, el cielo era a la vez un libro sagrado y una herramienta práctica de supervivencia.
El Templo Mayor de Tenochtitlan funcionaba como observatorio astronómico alineado con solsticios y equinoccios, con puestos de vigilia en sus plataformas superiores.
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