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que hicieron los mexicas para conocer los cuerpos celestes, Sacerdote mexica observando Venus y la Vía Láctea desde la cima del Templo Mayor al crepúsculo
historia ·#12152 ·Lectura 7 min. Redacción de respuesta: Editorial NexusCurioso.com

¿Que hicieron los mexicas para conocer los cuerpos celestes?

Respuesta corta

Los mexicas calcularon el período sinódico de Venus en ~584 días y predijeron eclipses mediante registro generacional de eventos celestes.

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Cómo los mexicas conocieron y estudiaron los cuerpos celestes

Los mexicas desarrollaron un sistema astronómico de gran complejidad que les permitía observar, registrar y predecir el movimiento de los cuerpos celestes con notable precisión. Su conocimiento no era puramente teórico: estaba íntimamente ligado al calendario agrícola, a los rituales religiosos y al poder político del imperio. Los sacerdotes-astrónomos, conocidos como tlamatini, dedicaban su vida a vigilar el cielo desde posiciones elevadas.

Una de las estructuras más importantes para la observación astronómica era el Templo Mayor en Tenochtitlan. Este templo doble, dedicado a Huitzilopochtli y Tláloc, estaba alineado de manera que permitía marcar solsticios y equinoccios. Las plataformas superiores servían como puestos de observación privilegiados, desde donde los tlamatini podían seguir la trayectoria del Sol, la Luna y los planetas durante años.

Para registrar sus observaciones, los mexicas empleaban dos calendarios interconectados: el Tonalámatl de 260 días, usado para fines rituales y divinatorios, y el Xiuhpohualli de 365 días, alineado con el año solar. La intersección de ambos creaba un ciclo mayor de 52 años (el ciclo de Cempinalli), que servía como marco temporal para interpretar los movimientos celestes y sus implicaciones para la sociedad.

Entre los cuerpos celestes más vigiados estaba Venus, al que llamaban Tlahuizcalpantecuhtli (Señor del Lucero). Los mexicas distinguía su aparición como estrella de la mañana y como estrella de la tarde, y calculaban con precisión su período sinódico de aproximadamente 584 días. El surgimiento helíaco de Venus marcaba momentos críticos en el calendario ritual y en las decisiones militares.

También identificaron y nombraron constelaciones propias muy distintas a las europeas. En la Luna veían un conejo que la mordía (o una tortuga, según interpretaciones), entre las estrellas de la Vía Láctea reconocían una gran serpiente o un camino de águilas, y en la constelación de Escorpio (Tlalticuatzin) veían un escorpión. El Sol era Tonatiuh, la Luna Meziatl, y cada uno tenía un ciclo ritual asociado.

La predicción de eclipses era una de las hazañas más valoradas. Los mexicas no siempre aciertaban en sus predicciones, pero el registro sistemático de estos eventos a lo largo de generaciones les otorgaba una capacidad predictiva que reforzaba la autoridad del tlatoani y del cuerpo sacerdotal. Un eclipse inesperado podía interpretarse como mal agüero y desencadenar rituales extraordinarios.

Los códices mexicas y poscolombinos (Códice Borgia, Códice Borbonicus, Códice Cosas) contienen representaciones pictográficas de eventos celestes: soles naciente, lunas con rayos, estrellas fugaces y conjunciones planetarias. Estos documentos, aunque muchos fueron destruidos o copiados por frailes españoles en los siglos XVI y XVII, son testigos inequívocos de un sistema de conocimiento astronómico sostenido durante siglos.

Además de los templos, los mexicas utilizaban marcas topográficas naturales: colinas, cerros y ríos servían como referencias fijas para medir la posición del Sol en distintos momentos del año. El cerro de Copilco, por ejemplo, se asocia con la observación estelar y con prácticas de adivinación ligadas al cielo nocturno.

El conocimiento astronómico no era patrimonio exclusivo de los sacerdotes: los agricultores también dependían del calendario celeste para determinar épocas de siembra y cosecha. La salida de las Pléyades (que llamaban Tezcatzilpotonatiuh, el Sol que se hunde) marcaba el inicio de la temporada de lluvias y, con ella, el ciclo agrícola del maíz. Así, el cielo era a la vez un libro sagrado y una herramienta práctica de supervivencia.

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El Templo Mayor de Tenochtitlan funcionaba como observatorio astronómico alineado con solsticios y equinoccios, con puestos de vigilia en sus plataformas superiores.

Dato clave
que hicieron los mexicas para conocer los cuerpos celestes, La Piedra del Sol (Piedra del Calendario) exhibida en museo con visitantes observando los grabados astronómicos
Imagen

La Piedra del Sol (Piedra del Calendario) exhibida en museo con visitantes observando los grabados astronómicos

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Observación astronómica, calendarios y rituales del cielo en la cultura azteca

La Piedra del Sol (o Piedra del Calendario), descubierta en 1790 en el Zócalo de la Ciudad de México, es la manifestación material más icónica de este conocimiento. En su anillo exterior aparecen los 20 signos del Tonalámatl y referencias a los cuatro soles previos al actual; en su centro, el rostro de Tonatiuh rodeado de cuatro cuadrados que representan los soles pasados. Aunque es una pieza ritual y cosmológica, su diseño refleja coordinadas astronómicas y calendáricas que solo tienen sentido si se interpreta como producto de observación sistemática.

Los mexicas también dominaban la observación nocturna con técnicas prácticas: apaguaban las fogatas en momentos clave, escalaban colinas para alejarse de la niebla baja del valle de México y usaban recipientes con agua como espejos reflectantes para aumentar la visibilidad de estrellas tenues. No disponían de lentes ni telescopios, pero su constancia generacional compensaba la falta de instrumentos ópticos.

Un aspecto fundamental era la relación entre los planetas visibles y los dioses. Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno (los cinco planetas del sistema solar visible a simple vista) estaban asociados a deidades específicas y a atributos morales o guerreros. Marte, por ejemplo, se vinculaba con la guerra y la sangre; su aparición en ciertas posiciones podía justificar una campaña militar o un sacrificio mayor.

El cometón (estrella de cola) era un fenómeno temido: se le asociaba con desgracia, enfermedad o cambio de era. Cuando aparecía, el cuerpo sacerdotal debía interpretar su dirección, tamaño y duración para emitir pronósticos al pueblo. Estos eventos alimentaban la necesidad de ritualizar el cielo y reforzaban el papel mediador del sacerdote entre lo humano y lo divino.

La transmisión del conocimiento era oral y práctica: un joven tlamatini aprendía durante años junto a un maestro, recorriendo los puntos de observación, memorizando los ciclos y participando en las vigilias nocturnas. Este entrenamiento podía durar una década o más, y solo los más dotados alcanzaban el rango de tlatelcatzin, intérprete del cielo ante el tlatoani.

En resumen, los mexicas no 'inventaron' la astronomía, pero construyeron un sistema coherente, ritualizado y altamente funcional que les permitió durante más de dos milenios (desde las civilizaciones precursoras olmeca y maya hasta la caída de Tenochtitlan en 1521) orientar su vida agrícola, política y espiritual a partir del movimiento de los astros. Su legado persiste en topónimos, en la iconografía prehispánica y en el interés contemporáneo por recuperar esa cosmovisión.

Hoy, instituciones como el INAH y universidades mexicanas continúan investigando los restos arqueoastronómicos del Templo Mayor, los códices y los sitios ceremoniales para reconstruir con mayor precisión las técnicas de observación mexicas, confirmando lo que los documentos coloniales ya sugerían: una civilización que leía el cielo con la misma dedicación con que cultivaba su tierra.

Conclusión:

¿que hicieron los mexicas para conocer los cuerpos celestes?

La astronomía mexica fue mucho más que curiosidad intelectual: era el eje sobre el que giraba la agricultura, la religión y la toma de decisiones políticas. Mediante la observación paciente desde templos y cerros, el registro generacional en códices y la integración ritual de cada fenómeno celeste, los mexicas construyeron un sistema del cielo que, aunque sin telescopios, alcanzó precisiones notables en la predicción de ciclos planetarios y eclipses.

Fuentes: Códice Borgia, Códice Borbonicus, Templo Mayor (INAH), Piedra del Sol (Museo del Arte Prehispánico), estudios de Linda T. Pareyyo sobre astronomía mexica. —
Redacción: editorial NexusCurioso.com
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