Qué hicieron las Hermanas Mirabal: resistencia, lucha y sacrificio
Las Hermanas Mirabal, conocidas popularmente como Las Mariposas, son un símbolo universal de resistencia contra la tiranía. Patria (1924), Minerva (1926) y María Teresa (1935) crecieron en el seno de una familia acomodada en la sección Ojo de Agua, municipio de Salcedo, República Dominicana. Su padre, Enrique Mirabal, era un hombre de negocios exitoso, y las tres hermanas —junto a su cuarta hermana, Bélgica Adela «Dedé»— fueron educadas como internas en el Colegio Inmaculada Concepción de La Vega, dirigido por monjas españolas de la Orden Terciarias Franciscanas de Jesús y María. Allí Minerva y María Teresa se distinguieron por su brillantez académica y su temprana vocación por la justicia social.
Cuando Rafael Leónidas Trujillo llegó al poder, la familia Mirabal perdió casi toda su fortuna. Fue ese golpe económico, sumado a la convicción profunda de que la dictadura estaba destruyendo el país, lo que encendió la llama de la resistencia. Minerva, la más combativa de las tres, se convirtió en fundadora del Movimiento Revolucionario 14 de Junio junto a su esposo, Manolo Tavárez Justo. María Teresa también se involucró activamente en la organización clandestina. Patria, la mayor, no participó con el mismo nivel de exposición política, pero su apoyo fue crucial: prestaba su casa para ocultar armas y herramientas de los insurgentes, una contribución silenciosa que resultó tan peligrosa como la militancia abierta.
Dentro del Movimiento, las hermanas adoptaron el nombre en clave «Las Mariposas», con el que Minerva se identificaba en todas sus relaciones políticas. El grupo operaba en la clandestinidad, distribuyendo propaganda, organizando células de resistencia y planificando acciones contra el régimen. Su valentía las colocó en el punto de mira de la maquinaria represiva de Trujillo, que no toleraba disidencia alguna dentro de su territorio.
Las consecuencias fueron inmediatas y brutales. Minerva y María Teresa fueron encarceladas en varias ocasiones, tanto en la prisión de La Victoria como en el tristemente célebre centro de detención conocido como La 40. Ellas y sus esposos fueron sometidos a torturas crueles durante el régimen. A pesar del sufrimiento, las hermanas no renunciaron a su lucha; cada encarcelamiento fortalecía su determinación. El 18 de mayo de 1960, Minerva y María Teresa fueron juzgadas en Santo Domingo junto a sus maridos, acusadas de atentar contra la seguridad del Estado dominicano. Fueron declaradas culpables y condenadas a tres años de prisión, comenzando a purgar sus penas en condiciones durísimas.
En un gesto que la historiografía considera calculado y cínico, el 9 de agosto de 1960, por disposición expresa de Trujillo, Minerva y María Teresa fueron puestas en libertad, mientras sus maridos permanecían en prisión. La maniobra perseguía un doble objetivo: Trujillo pretendía exhibir una falsa imagen de «generosidad» ante la comunidad internacional, al tiempo que liberaba a quienes quería seguir hostigando para alimentar la narrativa de una amenaza interna que justificara su represión.
Poco después de recuperar la libertad, surgieron informes sobre reuniones secretas contra el régimen encabezadas nuevamente por las hermanas. A esas presiones internas se sumó un factor geopolítico decisivo: el atentado en Venezuela contra el presidente Rómulo Betancourt, del que Trujillo fue señalado como instigador. La Organización de Estados Americanos (OEA) sancionó al Estado dominicano con la ruptura de relaciones diplomáticas y económicas, en un contexto de creciente caída de los regímenes dictatoriales en América Latina. Fue en ese marco de asfixia internacional cuando Trujillo ordenó al general Pupo Román que preparara un plan para eliminar definitivamente a las Hermanas Mirabal, recomendándole utilizar al SIM (Servicio de Inteligencia Militar).
El general Pupo Román delegó la ejecución en manos del SIM, dirigido entonces por el capitán de corbeta Cándido Torres Tejada, sustituto de Johnny Abbes. Torres Tejada se trasladó a Santiago y transmitió instrucciones al jefe del SIM en la zona norte, el teniente Víctor Alicinio Peña Rivera. Según el propio testimonio de Peña Rivera en su libro «Trujillo: Historia oculta de un dictador», el encargo fue explícito: «deben morir y se simulará un accidente automovilístico, ese es el deseo del jefe».
El cabo de la Policía Nacional Ciriaco de la Rosa solicitó cuatro agentes y un vehículo para el escuadrón de acción. Peña Rivera asignó a Alfonso Cruz Valerio, Emilio Estrada Malleta, Néstor Antonio Pérez Terrero y Ramón Emilio Rojas Lora. El 18 y el 22 de noviembre el escuadrón regresó sin cumplir la orden, alegando que las hermanas viajaban con niños. Sin embargo, el 25 de noviembre de 1960 comprobaron que las Mirabal se desplazaban sin menores, acompañadas por su chofer Rufino de la Cruz y por su hermana Patria, y se ejecutó el plan.
Tras despedirse de sus maridos en el patio de la fortaleza de Puerto Plata, las tres mujeres y el chofer emprendieron el regreso a Salcedo. Al llegar al puente de Marapica, fueron detenidas por cuatro hombres que atravesaron un cepillo en medio de la carretera. Obligadas a punta de pistola, subieron al vehículo de sus verdugos, que las condujo a La Cumbre, la casa donde las esperaba el capitán Peña Rivera con las instrucciones finales. Allí fueron introducidas a la fuerza en la vivienda de adobe y ahorcadas y apaleadas hasta morir. Sus cuerpos fueron colocados en el coche para simular un accidente de tráfico. El sargento de la Rosa informó a Peña Rivera con una frase que quedó grabada en la historia: «Señor, misión cumplida».
Trujillo creyó haber eliminado un problema político. Se equivocó. El asesinato de las tres mujeres, con sus nombres, sus rostros y su historia pública, se convirtió en un acto que no podía silenciarse. La publicidad del crimen hizo que el pueblo dominicano se inclinara progresivamente hacia el apoyo a las Mirabal y a sus ideales. La conciencia colectiva despertó, y apenas seis meses después, el 30 de mayo de 1961, Trujillo fue asesinado. Las Mariposas murieron, pero su sacrificio se convirtió en el catalizador que precipitó la caída del dictador.
Los asesinos intelectuales señalados son Rafael Leónidas Trujillo, el secretario de las Fuerzas Armadas José René «Pupo» Román Fernández y el jefe de Operaciones del SIM Cándido Torres Tejada. Como ejecutantes materiales figuran Víctor Alicinio Peña Rivera, Ciriaco de la Rosa, Ramón Emilio Rojas Lora, Alfonso Cruz Valerio, Emilio Estrada Malleta —de origen cubano—, Néstor Antonio Pérez Terrero y José Andeliz. La red criminal era amplia, jerárquica y plenamente operativa bajo la estructura del Estado trujillista.
En junio de 1962 se celebró el juicio contra los autores materiales y cómplices del cuádruple crimen, en un tribunal especial presidido por el doctor Osvaldo B. Soto. El tribunal condenó a los principales acusados a la pena máxima de 30 años, salvo a Ciriaco de la Rosa, que recibió solo 20 años por supuesta colaboración con la aclaración del caso. Ninguno llegó a cumplir su condena: con la ayuda de grupos militares trujillistas, fueron provistos de pasaportes y sacados del país, un desenlace que evidenció la impunidad que sobrevivió a la dictadura misma.
“Trujillo fue asesinado apenas 6 meses después, el 30 de mayo de 1961, y el crimen de las Mariposas fue el catalizador decisivo de su caída.”
Dato clave