La variante Omicron, designada científicamente como B.1.1.529, fue identificada por primera vez en Botswana a finales de noviembre de 2021 y notificada a la OMS poco después desde Sudáfrica. Desde su aparición, se clasificó rápidamente como Variante Preocupación (VOC) debido a su capacidad excepcional para evadir las respuestas inmunitarias generadas por vacunas anteriores o por infecciones previas con otras variantes.
A diferencia de Delta, Omicron presentaba más de 30 mutaciones en la proteína spike, la parte del virus que utiliza para entrar en las células humanas. Esta carga mutacional tan alta no solo aumentó su transmisibilidad exponencialmente, sino que también modificó el patrón de infección, afectando con mayor frecuencia a las vías respiratorias superiores y con menor agresividad pulmonar inicial, aunque manteniendo un riesgo elevado para poblaciones vulnerables.
El impacto epidemiológico de Omicron transformó la dinámica de la pandemia en el mundo. Su alta tasa de reproducción efectiva provocó una ola masiva de contagios entre diciembre de 2021 y febrero de 2022, incluso en países con altos niveles de vacunación.
Aunque estudios posteriores indicaron que Omicron causaba hospitalizaciones menos graves que Delta a nivel poblacional debido a su tropismo por las vías aéreas superiores, la inmensa cantidad de casos generó una presión hospitalaria significativa. Además, la rápida evolución de esta variante dio lugar a subvariantes como BA.1, BA.2 y BA.4/BA.5, continuando con la adaptación del virus al huésped humano.
La aparición de la variante Omicron marcó un punto de inflexión en la pandemia, demostrando la capacidad del virus SARS-CoV-2 para adaptarse rápidamente a la presión selectiva ejercida por el sistema inmune humano. Aunque su impacto en la mortalidad directa fue menor que el de variantes anteriores, su alta transmisibilidad y la necesidad de actualizaciones vacunales establecieron las bases para la gestión endémica posterior de la enfermedad.