Cómo plantar wisteria: guía práctica de la glicinia paso a paso
La wisteria, también llamada glicinia, glicina o por su nombre científico Wisteria sinensis, es una de las trepadoras con flor más espectaculares del mundo de la jardinería. Pertenece a la familia de las Fabaceas y es originaria de Asia, sobre todo China, Japón y Corea, aunque también hay variedades del este de Norteamérica. En Japón es una flor de culto, con parques enteros dedicados a ella donde se dispone formando túneles florales de una belleza difícil de describir. Es una planta leñosa, caducifolia, que pierde sus hojas en invierno y crece con una vigorosidad asombrosa: en condiciones óptimas puede superar los 10, 15, 20 e incluso 30 metros de longitud, formando un tronco grueso, ceroso y retorcido con los años. Su floración llega en racimos colgantes y fragantes, en tonos violetas, lilas, azulados, blancos e incluso rosa sutil, apareciendo entre finales del invierno y principios de la primavera, y alargándose hasta bien entrado el verano.
El momento de plantar es el primer paso. Los periodos ideales son el otoño, los finales del invierno y los principios de primavera, siempre antes de que lleguen las temperaturas altas, porque el calor intenso perjudica el establecimiento de la planta. Para la siembra directa por semilla, lo recomendado es hacerlo en otoño, inmediatamente después de recolectarlas. Si prefieres trabajar con esquejes, lo mejor es esperar a que haya pasado la época de floración del árbol madre, lo que según el hemisferio se sitúa entre abril y junio o entre septiembre y octubre.
La ubicación es determinante, tanto para la floración como para evitar problemas futuros. La glicinia necesita una posición muy luminosa, con al menos seis horas diarias de sol directo para florecer de forma generosa. Lo ideal es plantarla donde reciba sol directo durante la mayor parte del día. En zonas de veranos excesivamente calurosos agradecerá algo de sombra en las horas centrales para evitar quemaduras en las hojas, y admite también la semisombra luminosa. Es una planta muy tolerante a la contaminación ambiental, así que puede crecer sin problemas en áreas urbanas.
Antes de plantar hay que prever dos detalles cruciales: el espacio y el soporte. La wisteria es una planta leñosa que con los años endurece sus tallos hasta hacerlos muy fuertes y gruesos, así que necesita una estructura muy robusta sobre la que crecer: arcos resistentes, pérgolas de hierro, acero o madera gruesa, espalderas metálicas o incluso un árbol resistente como base. Con el tiempo llega a ejercer gran presión con sus tallos retorcidos, y hay que estar muy pendiente de su crecimiento para evitar que se expanda sobre tejas, canalones o cualquier accesorio que pueda acabar arrancando.
El hoyo de plantación debe ser al menos el doble de profundo y ancho que la maceta original. Al plantar un esqueje o una planta joven conviene orientar los tallos hacia el soporte y ayudarles a enrollarse mediante entutorado, usando cuerdas, cadenas o espalderas metálicas. La base de la planta debe quedar a unos centímetros sobre el nivel del suelo para evitar excesos de humedad en el cuello.
El suelo ideal para la glicinia es profundo, fértil, fresco, con buen contenido en materia orgánica y con buen drenaje. Le gustan los suelos arcillosos, francos arenosos o limosos porque aprecian la retención de humedad, pero sin encharcamiento, ya que las raíces odian el agua estancada y la asfixia radicular. El pH óptimo es ligeramente ácido o neutro, entre 6 y 7,5. Los suelos demasiado calcáreos o básicos favorecen la clorosis férrica, que se manifiesta en hojas amarillas por falta de disponibilidad de minerales. Si no dispones de un suelo ideal, la planta se adapta a casi cualquier tipo, aunque entonces habrá que aportar humedad constante. Para asentarla bien agradece un suelo enriquecido con humus de lombriz, compost o estiércol.
En cuanto a la temperatura, la wisteria es una trepadora rústica que no debe preocupar en exceso. Resiste el frío de ejemplares establecidos hasta unos -15 grados y soporta calores de 35 a 40 grados si las raíces se mantienen frescas. Su desarrollo y floración son mejores en climas templados con inviernos fríos y veranos cálidos. El único cuidado relevante son las heladas tardías de primavera, cuando la planta ya tiene brotes florales: si pasan demasiado frío, la floración se reduce, por lo que conviene protegerla de corrientes de aire frío.
El riego debe ser regular, sobre todo en la etapa joven, para favorecer el enraizamiento y la futura floración. El objetivo es mantener el sustrato ligeramente húmedo, nunca encharcado. En los primeros años se puede regar una o dos veces por semana, reduciendo después la frecuencia, ya que la planta adulta es bastante resistente a la sequía. El riego por goteo es una opción muy eficaz para mantener una humedad constante en la base y evitar hongos. En primavera y verano se mantiene el sustrato siempre ligeramente húmedo, y en otoño e invierno se reduce la frecuencia.
El abonado es uno de los cuidados que más fomentan la floración. Conviene abonar de forma regular desde finales de invierno, entre febrero y marzo, cuando la planta sale del letargo, y mantener la pauta hasta finales de julio, momento en que se suspende para dejarla entrar en reposo. Al inicio de la primavera se puede usar humus de guano líquido, y a partir de mayo un abono líquido para plantas con flor. Son preferibles los abonos orgánicos ricos en fósforo y potasio, así como vermicompost equilibrado o estiércol. Si el suelo es de pH básico conviene incidir en mezclas ácidas como la lombricomposta. Hay que evitar el exceso de nitrógeno, que favorece el crecimiento de hojas a expensas de las flores. Un mantillo ligero alrededor de la base ayuda a mantener la humedad y la nutrición.
“Una glicinia desde semilla puede tardar hasta 10 años en dar su primera flor. Desde esqueje, florece en 1-2 años.”
Dato clave