La afirmación de que trotar es mejor que correr es un tema recurrente entre los entusiastas del fitness, pero la realidad es más matizada. En términos técnicos, el trote se define como una carrera a ritmo constante y moderado, generalmente por debajo de 12 km/h, donde se mantiene al menos un pie en el suelo la mayor parte del tiempo y la frecuencia cardíaca se mantiene en una zona aeróbica baja (entre el 60% y el 70% de la máxima). Por otro lado, el correr implica ritmos más altos, a menudo superando los 12 km/h, con fases de vuelo donde ambos pies dejan el suelo, lo que eleva la frecuencia cardíaca a zonas anaeróbicas o altas aeróbicas.
La creencia popular suele asociar el trote con una actividad más sana o menos dañina. Esto tiene cierta base fisiológica: al mantener una intensidad más baja, el riesgo de lesiones por sobrecarga, como tendinitis o fracturas por estrés, se reduce significativamente en comparación con los ritmos altos del running competitivo. Además, el trote es más sostenible a largo plazo para la mayoría de las personas sedentarias que buscan salud general, ya que permite acumular volumen de entrenamiento sin agotar el sistema nervioso central ni provocar fatiga extrema.
Sin embargo, decir que el trote es objetivamente mejor depende enteramente del objetivo del individuo. Si la meta es la salud cardiovascular general, la pérdida de grasa a largo plazo y la prevención de lesiones, el trote es superior por su capacidad de adherencia. Muchas personas abandonan el running rápido debido al dolor o la fatiga excesiva, mientras que pueden trotar durante décadas sin problemas.
Por el contrario, si el objetivo es mejorar marcas en carreras, aumentar la velocidad máxima o desarrollar una economía de carrera específica, el running (o correr) ofrece estímulos neuromusculares y metabólicos que el trote no puede proporcionar. Los intervalos, las series rápidas y los ritmos de tempo requieren la mecánica del running para ser efectivos. Además, desde el punto de vista de la quema calórica inmediata por minuto, correr a alta intensidad gasta más energía que trotar, aunque el EPOC (consumo excesivo de oxígeno post-ejercicio) puede igualar las ganancias metabólicas en ambos casos si se ajusta el volumen total.
En conclusión, no existe un método universalmente superior. El trote es la puerta de entrada ideal para la salud y la constancia, minimizando riesgos y fomentando hábitos duraderos. El running, entendido como carrera a ritmos variados y más intensos, es la herramienta necesaria para el rendimiento deportivo y mejoras en velocidad. La mejor estrategia es combinar ambos: utilizar el trote como base aeróbica (el 80% del volumen) e incorporar sesiones de running o tempo para complementar los beneficios fisiológicos y neuromusculares.