Según los relatos canónicos del Nuevo Testamento, tras su muerte en la cruz y el descubrimiento de la tumba vacía por parte de las mujeres al amanecer del tercer día, Jesús apareció en varias ocasiones a sus seguidores durante un periodo de cuarenta días. Estas apariciones no fueron solo fantasmas sino encuentros físicos donde se dejaba tocar, comer y conversar con ellos. La primera aparición documentada suele atribuirse a María Magdalena en el huerto, seguida de la aparición a Pedro y luego al grupo de discípulos reunidos a puerta cerrada. En este último encuentro, Jesús enseñó sobre el perdón, las escrituras que lo predecían y comió pescado con ellos para demostrar la realidad de su cuerpo resucitado. Este tiempo sirvió como preparación espiritual final antes de su partida definitiva.
El momento cumbre de este período se conoce como la Ascensión, narrada en el libro de los Hechos de los Apóstoles y en el Evangelio de Lucas. Jesús subió a un monte, probablemente el Monte de las Olivas, cerca de Jerusalén. Allí bendijo a sus discípulos y les dio instrucciones cruciales: permanecer en Jerusalén esperando la venida del Espíritu Santo y ser testigos de su mensaje hasta los confines de la tierra. Según el relato, mientras hablaba, fue elevado al cielo y una nube lo ocultó de la vista de los presentes. Dos hombres vestidos de blanco aparecieron para explicar que Jesús volvería de la misma manera como subió. Este evento marca el fin del ministerio terrenal visible de Jesús y el inicio de la misión de la Iglesia.
En conclusión, el período posterior a la resurrección fue fundamental para la fundación del cristianismo. Las apariciones reforzaron la fe de los discípulos y les proporcionó las herramientas teológicas y prácticas necesarias para iniciar la misión evangelizadora que daría lugar a la Iglesia primitiva.