Los mineros que salvaron el mundo: su misión bajo el Reactor 4 de Chernóbil
Tras la explosión del Reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil el 26 de abril de 1986, el principal temor de los ingenieros soviéticos no era solo la liberación de radiación al aire, sino la posibilidad de que los restos del núcleo de combustible y el grafito derretido se fundieran con el suelo, alcanzasen las aguas subterráneas y provocasen una segunda explosión termonuclear o una contaminación masiva e irreversible de los acuíferos de toda Europa. Para evitarlo, se decidió excavar un túnel horizontal bajo la base del reactor que permitiera bombear agua desde un pozo vertical preexistente hacia la base del reactor, enfriando así el material radiactivo en su interior. Esta tarea, completamente ajena a la ingeniería nuclear, requirió de una especialidad muy concreta: la minería. Se convocó a un equipo de mineros de la asociación minera de Stokany (ubicada en la región de Vóltava, cerca de Chernóbil), que fueron los únicos con la experiencia y el equipo adecuado para excavar en roca dura en condiciones extremas. Llegaron al lugar en los primeros días posteriores a la explosión, con la orden de trabajar sin descanso. El túnel tenía aproximadamente 23 metros de longitud y un diámetro de unos 60-70 centímetros. Se excavaba desde un pozo vertical que ya existía bajo el reactor, avanzando horizontalmente hacia la zona crítica. Los mineros trabajaban en turnos rotos de 12 horas, durante las 24 horas del día, con equipos de respiración básicos y trajes que ofrecían una protección radiológica muy limitada. Las condiciones eran brutales: calor sofocante, polvo radiactivo, la posibilidad constante de un desprendimiento de roca y, sobre todo, la exposición a niveles de radiación que superaban con creces los límites de seguridad. No se les informaba con precisión del nivel de radiación al que estaban expuestos, y muchos trabajaban bajo la falsa creencia de que la amenaza era menor de lo que realmente era. El túnel fue completado en aproximadamente cinco días de trabajo ininterrumpido, un tiempo récord para ese tipo de excavación. Una vez terminado, se pudo conectar el sistema de bombeo de agua con la base del reactor, iniciando el enfriamiento del material fundido que quedó conocido popularmente como el "pie de elefante". Además del enfriamiento, el túnel tenía una segunda función prevista a medio plazo: servir de conducto por el cual se inyectaría una mezcla de plomo, arena y baritina para solidificar el núcleo desde abajo y crear una base refractaria que impidiera la migración del combustible hacia las capas de agua subterránea. Aunque esta fase de inyección completa no se ejecutó en su totalidad como se planeó inicialmente, el túnel cumplió su función crítica de emergencia: el enfriamiento. Los mineros recibieron condecoraciones oficiales del gobierno soviético, aunque la mayoría prefirió guardar silencio durante décadas. Muchos desarrollaron enfermedades relacionadas con la radiación en los años siguientes: cáncer, fallas orgánicas y muerte prematura. Sus familias, al igual que las de los liquidadores de Chernóbil en general, sufrieron consecuencias sanitarias graves que el Estado soviético y posterior ruso minimizó sistemáticamente. La hazaña de estos mineros es uno de los episodios menos conocidos de la catástrofe de Chernóbil, eclipsado por las imágenes de los pilotos que volaban sobre el reactor o de los bomberos que intentaron apagar las llamas. Sin embargo, sin su trabajo en la oscuridad bajo el suelo, el escenario catastrófico más temido podría haberse materializado.
Trabajaron con dosis de radiación estimadas entre 10 y 30 sievert, superando con creces la dosis letal media, sin protección adecuada y sin información completa sobre el riesgo real.
Dato clave