Lo que hicieron los ingleses con los pueblos indígenas en todo el mundo
La colonización llevada a cabo por la Corona inglesa y, posteriormente, por el Imperio británico entre los siglos XVI y XX supuso una de las transformaciones más devastadoras de la historia humana. A diferencia de una narrativa que a veces se presenta como un 'encuentro' entre culturas, el registro histórico, etnográfico y arqueológico muestra un patrón consistente: desplazamiento forzado, violencia armada, imposición cultural y depredación económica de los pueblos originarios en Norteamérica, Australia, Nueva Zelanda, la India, África y el Caribe. En América del Norte, las colonias inglesas (Virginia, Massachusetts, Carolina, etc.) establecieron desde el principio una lógica de apropiación territorial. Los tratados firmados con las naciones indígenas, como el Tratado de York (1784) o los Acuerdos de París (1763), fueron sistemáticamente incumplidos. La 'Pista de las Lágrimas' (Trail of Tears, 1830-1850) bajo la Ley de Reasentamiento Indígena de Andrew Jackson desplazó a más de 46.000 miembros de cinco naciones (cherokee, choctaw, chickasaw, creek y seminole) hacia reservas en Oklahoma, con un saldo estimado de entre 4.000 y 10.000 muertes por agotamiento, frío y falta de recursos. Las enfermedades infecciosas —sarampión, viruela, gripe, tifus— funcionaron como un arma demográfica desproporcionada. En la zona de las Trece Colonias, la población indígena cayó de aproximadamente 2 millones a menos de 100.000 entre 1600 y 1800, según estimaciones del historiador Russell Thornton (1987) y datos consolidados por la Universidad de Wisconsin-Madison. No se trata solo de 'contacto': en múltiples casos se documentó la distribución deliberada de mantas infectadas, como en el incidente de Fort William Henry (1757) o en las campañas contra las llanuras. El sistema de escuelas residenciales indígenas (boarding schools), operado conjuntamente por el Estado y misiones religiosas entre 1879 y 1969, tuvo como objetivo explícito la 'eliminación del indio' para 'salvar al hombre', según las palabras del inspector Carlisle (1879). Más de 250.000 niños indígenas fueron separados de sus familias, prohibidos el uso de su lengua y sometidos a maltrato físico y psicológico. El informe de la Comisión de Reconciliación Canadiense (2015) documentó abusos en 139 escuelas residenciales canadienses; en Estados Unidos, el informe de 2024 identificó más de 600 escuelas del mismo tipo. En Australia, la llegada de la Primera Flota en 1788 y la declaración de Terra Nullius (tierra de nadie) ignoró la presencia de más de 500 naciones aborígenes con civilizaciones de al menos 65.000 años. Las masacres de los asentamientos (como la Batalla de Windmill Hill, 1838, o la Masacre de Myall Creek, 1838) fueron numerosas y apenas perseguidas. El programa de las Generaciones Robadas (1910-1970) separó a entre 100.000 y 200.000 niños aborígenes y australianos del Pacífico Sur de sus familias bajo política estatal, un hecho reconocido oficialmente con la disculpa pública de 2008. En Nueva Zelanda, las Guerras de la Boji (1845-1872) enfrentaron a fuerzas coloniales inglesas contra las iwi (tribus) māori. El Tratado de Waitangi (1840), redactado en inglés y māori con traducciones deliberadamente distintas, fue incumplido de forma masiva: entre 1845 y 1872 el gobierno confiscó más de 10 millones de hectáreas de tierra māori. La lengua māori fue prohibida en escuelas públicas hasta la década de 1970, y no fue declarada lengua oficial hasta 1987. En la India británica, la explotación económica se tradujo en hambrunas evitables. La Gran Hambruna Bengalí de 1943, bajo la administración de Lord Wavell y la desviación de grano hacia el esfuerzo de guerra, causó entre 2 y 3 millones de muertes. El economista Amartya Sen (Premio Nobel 1998) demostró que no fue escasez absoluta, sino política de asignación y especulación colonial. Anteriormente, las hambrunas de 1876-1878 (Madras), 1899-1900 (Bihar) y 1907 (Uttar Pradesh) suman más de 25 millones de muertes atribuidas al modelo extractivo británico. En África, la Conferencia de Berlín (1884-1885) repartió el continente entre potencias europeas, incluida Gran Bretaña, sin consulta a los pueblos locales. La ocupación de Rhodesia (hoy Zimbabue), Kenya, Nigeria y Sudáfrica implicó expropiación de tierras fértiles, trabajo forzoso en minas y plantaciones, y la destrucción de redes comerciales preexistentes. En Kenia, el levantamiento Mau Mau (1952-1960) contra las plantaciones coloniales fue reprimido con campos de internamiento donde murieron decenas de miles de keniatas. El modelo económico colonial inglés se basó en la extracción: tabaco y madera en Virginia, azúcar en el Caribe (con mano de obra esclavizada africana que a su vez destruyó comunidades enteras), algodón en el sur estadounidense, opio en la India, caucho en Malasia. El indígena o nativo era, en el marco jurídico colonial, un 'súbjecto' sin ciudadanía plena, excluido del voto, de la propiedad y de la justicia igualitaria durante siglos. A pesar de la magnitud de estos hechos, la narrativa oficial en muchos países anglosajones tardó décadas en incorporarlos. La disculpa pública a los pueblos aborígenes y australianos llegó en 2008 (Australia), la Comisión de Reconciliación en Canadá en 2008, y solo en 2021 el gobierno de Ontario (Canadá) reconoció oficialmente las masacres indígenas. En Nueva Zelanda, la Royal Commission on the Treaty of Waitangi se creó en 1975. En la India, el fin del dominio británico en 1947 no incluyó ninguna reparación por las hambrunas coloniales.
En Australia, la política de Terra Nullius (1788) ignoró 65.000 años de presencia aborigenal y solo fue revocada judicialmente en 1992 (caso Mabo).
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