La decisión de salir a correr con el estómago vacío o tras haber ingerido alimentos ha sido motivo de debate entre corredores, nutricionistas y entrenadores durante décadas. No existe una respuesta única que aplique a todos, ya que depende fundamentalmente de tus objetivos personales, tu tolerancia gastrointestinal y la intensidad de la sesión. Correr en ayunas, popularmente conocido como entrenamiento en estado vacío, se asocia tradicionalmente con una mayor quema de grasa. La teoría sugiere que al no tener glucosa disponible procedente de los alimentos, el cuerpo recurre a las reservas de ácidos grasos para obtener energía. Sin embargo, la ciencia del ejercicio ha matizado esta idea: aunque sí se utiliza más grasa como combustible durante la sesión, la diferencia en la pérdida de grasa total a lo largo del día es mínima y depende más del déficit calórico global que del momento del entrenamiento.
Por otro lado, correr después de desayunar ofrece ventajas claras en términos de rendimiento y comodidad. Al tener glucógeno disponible, tu cuerpo puede sostener ritmos más altos durante más tiempo, lo cual es ideal si tu objetivo es mejorar velocidad o realizar intervalos intensos. Además, muchos corredores reportan menos malestar estomacal, mareos o náuseas al contar con una base energética previa. La clave está en el tipo de desayuno y el tiempo de digestión: una comida rica en carbohidratos complejos y baja en grasas y fibra, ingerida 60 a 90 minutos antes de correr, suele ser la estrategia más efectiva para quienes prefieren entrenar con algo en el estómago.
En conclusión, la mejor opción es aquella que te permita ser constante. Si prefieres correr temprano y tu cuerpo lo tolera bien sin mareos, puedes hacerlo en ayunas, especialmente en días de trote suave. Si buscas rendir al máximo o realizar entrenamientos intensos, prioriza desayunar antes. Escucha a tu cuerpo y experimenta con ambas opciones para descubrir cuál se adapta mejor a tu estilo de vida y objetivos.