El origen de la pandemia por COVID-19 se sitúa históricamente en el último trimestre de 2019, aunque su detección oficial y pública comenzó a finales de ese año. Los primeros informes médicos sobre casos de neumonía de etiología desconocida en Wuhan, la capital de la provincia de Hubei (China), datan del 26 de octubre de 2019, según registros retrospectivos revisados por investigadores. Sin embargo, el primer caso individualmente confirmado y documentado clínicamente suele asociarse con un paciente llamado Patient Zero o Li Wenliang, quien presentó síntomas alrededor del 31 de diciembre de 2019. Fue en enero de 2020 cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) comenzó a recibir informes formales y se aceleró la investigación epidemiológica para identificar el agente patógeno responsable de estos brotes atípicos.
La identificación del virus como un nuevo coronavirus, denominado posteriormente SARS-CoV-2, fue anunciada por científicos chinos a finales de enero de 2020. Tras la secuenciación genómica completa, se estableció su relación filogenética con el SARS de 2003, lo que permitió desarrollar pruebas diagnósticas rápidas. La expansión del virus fuera de China comenzó en febrero de 2020, con casos confirmados en otros países como Tailandia, Japón y Estados Unidos. El 11 de marzo de 2020 marcó un hito crucial: la OMS declaró oficialmente que el brote constituía una pandemia mundial, debido a la propagación sostenida y globalizada del virus. Desde entonces, las políticas de salud pública, los confinamientos y las vacunas se convirtieron en herramientas clave para gestionar esta crisis sanitaria sin precedentes en la era moderna.
En conclusión, aunque los primeros indicios clínicos aparecieron a finales de 2019, el reconocimiento global del COVID-19 como una amenaza sanitaria masiva se consolidó a lo largo de 2020. Comprender esta cronología es fundamental para analizar la respuesta internacional y las lecciones aprendidas frente a futuras emergencias de salud pública.