La radiografía de tórax, conocida comúnmente como RX, es una herramienta fundamental en la evaluación inicial de pacientes con sospecha de COVID-19, especialmente cuando existen síntomas respiratorios moderados a graves. Aunque no es el método diagnóstico primario (el cual suele ser la prueba PCR o antígenos), la imagen radiológica permite valorar el grado de afectación pulmonar. En las primeras fases de la infección, la RX puede resultar normal, ya que los cambios parenquimatosos tardan en manifestarse. Sin embargo, a partir del día 5-7 de evolución de la fiebre y tos, suelen aparecer hallazgos característicos como infiltrados bilaterales, predominante en las zonas inferiores y periféricas de los pulmones, lo que se denomina patrón alveolar o de vidrio deslustrado.
Es crucial entender que la interpretación debe hacerse siempre en contexto clínico. Un médico radiólogo buscará signos como opacidades en vidrio deslustrado, consolidaciones y, en casos más severos, el patrón en 'vidrio esmerilado' extenso. La simetría de estos hallazgos suele ser bilateral, aunque puede haber asimetría leve. Además, la RX ayuda a descartar complicaciones inmediatas como neumotórax, derrame pleural o neumomediastino, y permite comparar con estudios previos para evaluar la progresión o resolución de la enfermedad. La ausencia de hallazgos en la RX no descarta la infección activa, pero su presencia orienta hacia una necesidad de oxigenoterapia o ingreso hospitalario.
En conclusión, la radiografía de tórax es un complemento invaluable en el manejo del COVID-19. No sustituye al diagnóstico etiológico, pero ofrece una ventana visual rápida y accesible para medir la gravedad de la afectación pulmonar y guiar las decisiones terapéuticas inmediatas del equipo médico.