Cómo ahorrar gas en casa: medidas que realmente funcionan
La calefacción se lleva casi la mitad de tu gasto energético. El Instituto para la Diversificación y el Ahorro de Energía (IDAE) calcula que ronda el 47% del consumo total de una vivienda. No es un dato menor: cada grado de más en el termostato dispara la factura entre un 7% y un 10%. Y eso, multiplicado por los meses de invierno, pesa mucho en el bolsillo.
La temperatura ideal para vivir cómodo está entre 21 °C y 23 °C. Como referencia práctica, mantener el hogar entre 19 °C y 21 °C durante el día y bajarlo a 15 °C–17 °C por la noche o cuando sales de casa es una combinación que muchos hogares españoles ya aplican con buenos resultados. Antes de subir un grado el termostato, prueba con un jersey, calcetines gruesos o una manta. El cuerpo lo agradece y la caldera también.
Y aquí va un mito que conviene desterrar: dejar la calefacción encendida las 24 horas no ahorra gas. Los expertos son claros. Mantener el sistema activo de forma continua exige un aporte constante de energía para compensar las pérdidas naturales de calor, pérdidas que crecen cuanto más frío hace fuera y cuanto peor aísla tu casa. Lo eficiente es apagar o bajar al mínimo al salir durante más de dos horas, apagar por la noche, y programar el encendido para que la vivienda esté templada unos sesenta minutos antes de tu llegada.
Los termostatos son la herramienta estrella de esa gestión. Un termostato inteligente, controlable desde el móvil, te permite encender la calefacción justo antes de llegar y encontrar la casa a la temperatura que quieres. Los cabezales termostáticos, instalados en cada radiador, van un paso más allá: ajustan el calor habitación por habitación, de modo que el pasillo vacío no recibe el mismo gasto que el salón donde estás trabajando.
Un gesto tan simple como cerrar las puertas de las habitaciones que no usas tiene un efecto directo. Cada metro cúbico de aire caliente cuesta dinero. Si en una de esas estancias hay un radiador, cierra su llave: el agua caliente deja de recorrer ese circuito y el calor se concentra donde de verdad hace falta. Es una medida gratuita y, al mismo tiempo, una de las más efectivas.
Las vías de escape del calor marcan la diferencia entre una casa que calienta y una casa que se deja calentar. Las ventanas son responsables de entre el 25% y el 30% de las pérdidas térmicas. Sustituir cristales simples o materiales que actúan como puente térmico por ventanas con certificación A+ puede suponer hasta un 30% de ahorro, y lo mismo aplica a las puertas.
Las soluciones más baratas también funcionan: los burletes en rendijas de puertas y ventanas evitan fugas y pueden ahorrar entre un 20% y un 30% de energía. En muros, materiales como el poliestireno extruido, la lana mineral o la celulosa ofrecen la mayor protección. Revisa también el aislamiento del techo. Existen programas públicos que subvencionan obras y pequeñas adaptaciones sin necesidad de reformar a fondo.
El suelo influye más de lo que parece. La cerámica, tan habitual en España, tiende a ser fría y puede provocar hasta un 7% de la pérdida de calor. Los suelos de madera o PVC son más eficientes, y complementar cualquiera de ellos con alfombras o moqueta reduce pérdidas y aumenta la sensación de confort sin tocar el termostato.
La humedad ambiental también pesa en la balanza térmica. Una humedad relativa más baja aumenta la sensación de calor, lo que permite bajar el termostato sin perder confort. La forma más sencilla de controlarla es ventilar a diario: la respiración y la cocina generan vapor de agua. Si la ventilación no basta, un deshumidificador es una opción excelente para crear un ambiente más cálido y seco.
La ventilación es necesaria para renovar aire, eliminar olores y evitar emanaciones de materiales, pero conlleva pérdida de calor. Para minimizarla, ventila en las horas centrales del día, cuando la temperatura exterior es más alta y la casa pierde menos. Con 5 a 10 minutos por estancia es suficiente; algunos consejos amplían esa referencia a 15 minutos. Y ventila siempre con la calefacción apagada, para no desaprovechar energía.
Dos técnicas reducen mucho la pérdida: ventilar por etapas, abriendo cada ventana y manteniendo las puertas cerradas para evitar corrientes que enfríen toda la casa; o la ventilación cruzada, abriendo la ventana de la fachada por donde sopla el aire y la del lado opuesto durante un periodo corto, logrando una renovación rápida sin enfriar la vivienda por completo.
“Cambiar de tarifa puede ahorrar hasta 154 € al año (28%) en un consumo de 8.000 kWh”
Dato clave