La evolución en acción durante el auge industrial
La historia de la Biston betularia, comúnmente conocida como polilla del abedul, es uno de los ejemplos más célebres y didácticos de la selección natural en un periodo relativamente corto de tiempo. Antes de la Revolución Industrial, la forma clara de esta especie era extremadamente abundante, mientras que la variante oscura o melánica era rara, representando menos del 1 por ciento de la población total. Esta distribución no era casual: los árboles donde se posaban estas insectos estaban cubiertos por líquenes claros, lo que hacía que las polillas claras fueran casi imperceptibles para los depredadores visuales, como los pájaros. Por el contrario, las pocas polillas oscuras que existían eran fáciles de detectar y devorar en sus ramas palidecidas. Sin embargo, con la llegada de las fábricas a las zonas urbanas, todo este delicado equilibrio ecológico comenzó a cambiar drásticamente debido a un fenómeno ambiental muy concreto.
El impacto del hollín y el cambio en las presas
A medida que avanzaba la industrialización en el norte de Inglaterra durante el siglo XIX, las emisiones de humo negro de carbón cayeron sobre los árboles, matando a los líquenes claros y oscureciendo las cortezas. Este cambio en el hábitat alteró radicalmente las reglas del juego evolutivo. Las polillas claras, antes camufladas, se volvieron ahora blancas como palomas en un fondo oscuro, convirtiéndose en presas fáciles para los depredadores. Por el contrario, la variante oscura, que antes era una desventaja, se convirtió en una ventaja selectiva enorme, permitiendo a estos insectos pasar desapercibidos y sobrevivir hasta reproducirse. En tan solo unas pocas décadas, en zonas como Manchester, la proporción de polillas melánicas pasó de ser una rareza a representar más del 90 por ciento de la población local. Este fenómeno se conoce como melanismo industrial y sirvió durante mucho tiempo como prueba irrefutable del mecanismo darwiniano de la supervivencia del más apto en tiempo real.
En resumen, el caso de las polillas demuestra cómo los cambios ambientales provocados por la actividad humana pueden ejercer una presión selectiva tan intensa que altera la composición genética de una población en un tiempo geológico mínimo. Este episodio no solo es fascinante desde el punto de vista biológico, sino también una advertencia histórica sobre cómo la contaminación puede remodelar los ecosistemas incluso a nivel microscópico.