Lo que hicieron los romanos a los judíos: guerras, destrucción y exilio
La relación entre el Imperio romano y el pueblo judío se extendió desde el 63 a.C., cuando Pompeyo tomó Jerusalén, hasta las Guerras judeo-romanas de los siglos I y II d.C. Durante ese periodo, Roma impuso un modelo de dominación territorial, fiscal y militar que incluyó ocupación de guarniciones, cobro de tributos, construcción de templos a dioses romanos y, en el caso más grave, la profanación del Templo de Jerusalén.
El detonante de la primera guerra abierta (66-73 d.C.) fue la llegada del procurador Gessius Florus, quien saqueó el Tesoro del Templo. La revuelta popular se extendió por toda Judea y Roma envió al general Tito con legiones completas. El asedio de Jerusalén en el año 70 d.C. culminó con la destrucción total del Segundo Templo, edificio sagrado central del judaísmo desde hacía más de cuatro siglos. Según el historiador Josefo, murieron cientos de miles de defensores y civiles durante el asedio.
Tras la caída de la ciudad, los romanos esclavizaron a unos 100.000 judíos que se exhibieron en un triunfo triunfal en Roma. El arco de Tito, aún visible en el Foro Romano, representa la escena del saqueo. La provincia fue rebautizada como Syria Palaestina (Palestina) en 135 d.C., tras la revuelta de Bar Kokhba, con la intención deliberada de borrar el nombre 'Judea' del mapa.
La revuelta de Bar Kokhba (132-136 d.C.) fue la última gran resistencia organizada. El emperador Adriano envió a su general Lucio Vero y a las mejores legiones. Jerusalén fue reconstruida como ciudad pagana, Aelia Capitolina, y a los judíos se les prohibió entrar en ella. Las consecuencias demográficas fueron devastadoras: Josefo cifra en más de un millón de muertos en total entre ambas guerras.
Además de la violencia militar, Roma impuso medidas económicas y culturales: el fiscus iudaicus, un impuesto especial que se cobraba incluso a los judíos de la diáspora para financiar el Templo de Júpiter Capitolino en Roma, y la prohibición progresiva de prácticas religiosas, como la circuncisión en el ámbito público romano.
La diáspora resultante redistribuyó a la población judía por todo el Mediterráneo: Babilonia, Egipto, Grecia y Roma misma. Esta dispersión forzada marcó la estructura del pueblo judío durante los siguientes dos milenios y dio origen a las comunidades que hoy conocemos.
Es importante contextualizar que la represión romana no fue un capricho aislado: seguía el patrón de control territorial estándar que Roma aplicaba a cualquier provincia rebelde, aunque en Judea la dimensión religiosa del conflicto (el Templo, la ley mosaica) le dio una carga simbólica extraordinaria.
Los textos de la época, sobre todo La Guerra de los Judíos de Flavio Josefo y las cartas de Tácito, describen escenas de saqueo, ejecución de prisioneros, incendio intencionado de barrios y venta de niños en mercados esclavistas de Gaza y Ascalón.
En síntesis, lo que Roma hizo al judaísmo fue destruir su centro institucional (el Templo), dispersar su población, borrar su nombre geográfico y prohibir su presencia en la propia capital de su nación. Las consecuencias políticas, religiosas y culturales de esos hechos se sienten todavía hoy.
Tras la revuelta de Bar Kokhba (132-136 d.C.), Adriano prohibió a los judíos entrar en Jerusalén y rebautizó la provincia como Syria Palaestina para borrar el nombre 'Judea'.
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