Qué hicieron los soldados romanos con Jesús antes y durante la crucifixión
Según los cuatro Evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), los soldados romanos sometieron a Jesús a una serie de actos de violencia extrema previos y posteriores a su crucifixión. El proceso comenzó con la flagelación, conocida en latín como vergerium, consistente en azotarle con un látigo llamado flagrum o catuaria, cuyas correas terminaban en bolitas de plomo o hueso. Este suplicio, reservado normalmente a esclavos y criminales graves, podía provocar la muerte por shock hipovolémico. Los Evangelios no detallan el número exacto de golpes, pero sí recogen que la herida era tan grave que un sirviente tuvo que vendarle la cabeza con una corona de espinas como acto de burla.
Tras la flagelación, los soldados le visten con una túnica púrpura y le colocan una corona de espinas en la cabeza, simulando un rey burlón. Le golpean en la cara (llamado geotonia en la práctica romana) y le escupen. Este episodio, descrito en Marcos 15:16-20 y Juan 19:2-3, tenía una doble función: humillar al condenado y, según algunos historiadores, distraer a la multitud que seguía el proceso.
El siguiente paso crucial fue obligar a Jesús a cargar el patibulum, la travesaño transversal de la cruz, hasta el lugar de ejecución, el Gólgota. La carga pesaba entre 40 y 50 kilos. En el Evangelio de Juan (19:17) se menciona que Jesús mismo carga la cruz, mientras que en Marcos (15:21) se indica que un cireneo llamado Simón fue forzado a ayudarlo. Los historiadores romanos confirman que esta práctica era habitual para debilitar al condenado antes de la crucifixión, ya que el desgaste físico reducía la supervivencia en la cruz.
Una vez en el lugar de ejecución, los soldados clavaron las manos y los pies de Jesús con gruesos clavos de hierro (de 13 a 18 cm) o, según algunas teorías, lo ataron con cuerdas. El hallazgo del cráneo de Yehohanan en Jerusalén (1968) confirmó el uso de clavos en la metacarpia. La posición del cuerpo en la cruz provocaba una asfixia progresiva: al intentar empujar con las piernas para respirar, el peso corporal tiraba de los brazos hacia arriba, colapsando los pulmones.
Durante las horas en la cruz, los soldados permanecían a los pies del madero. Según Juan 19:23-24, se repartieron sus vestiduras al azar, echando suertes sobre la túnica sin costura. Este acto cumplía una función práctica: los condenados a crucifixión quedaban expropiados, y la ropa era confiscada como botín. También le ofrecieron vinagre (posca) embebido en una esponja en un hisopo, práctica habitual para aliviar la sed del condenado, aunque en el relato evangélico tiene un valor teológico adicional.
El Evangelio de Juan (19:33-34) describe un acto final: uno de los soldados traspasó su costado con una lanza, y salió sangre y agua. Los historiadores discuten si esto ocurrió antes o después de la muerte, pero anatómicamente un golpe en el espacio pleuropericárdico es coherente con el desgarro del pericardio y las complicaciones torácicas por la crucifixión prolongada.
Es importante señalar que la crucifixión era la pena capital romana por excelencia para rebeldes, esclavos fugados y criminales graves. No era un método de ejecución rápido: los condenados podían permanecer en la cruz entre uno y cinco días, muriendo deshidratados, con infección de las heridas o por fallo respiratorio. Los soldados romanos que ejecutaban esta sentencia no actuaban por crueldad personal, sino aplicando una lex establecida.
Los testimonios no cristianos que confirman la crucifixión son escasos pero relevantes: Tácito en sus Anales (116 d.C.) menciona que Jesús fue ejecutado por el procurador Poncio Pilato, y Flavio Josefo en Antigüedades Judías (93 d.C.) lo alude de forma más ambigua. Ninguna fuente antigua describe la flagelación o la corona de espinas con el detalle de los Evangelios, pero sí confirman el método de ejecución.
Dato clave: La crucifixión no era el objetivo final de los soldados romanos. Su función era inflicir el máximo sufrimiento como disuasión pública. Según el historiador Peter Togo, un soldado romano podía supervisar entre 10 y 20 crucificados simultáneamente, lo que explica la aparente indiferencia con la que se trataba al condenado.
Tácito (116 d.C.) y Flavio Josefo (93 d.C.) confirman la ejecución de Jesús por orden de Poncio Pilato, aunque no detallan la flagelación ni la corona de espinas.
Dato clave