Qué hicieron los romanos en la Biblia: su papel en la historia bíblica
El Imperio Romano no es un simple trasfondo político en la Biblia, sino un actor protagonista que condiciona casi cada acontecimiento del Nuevo Testamento. Cuando el ángel Gabriel anuncia a María el nacimiento de Jesús, el texto de Lucas 2:1 sitúa ese momento bajo el censo decretado por César Augusto, emperador romano. Es decir, la encarnación del Hijo de Dios ocurre en un mundo organizado por la burocracia imperial, con sus registros de población, sus impuestos y sus legiones desplegadas por Oriente Próximo. La figura de Poncio Pilato, prefecto romano de Judea, es quizás el ejemplo más conocido. Fue él quien, tras el juicio sinédrico, tomó la decisión política de ordenar la crucifixión de Jesús (Mateo 27:15-26). La crucifixión no era una forma de ejecución hebrea, sino estrictamente romana, reservada a esclavos, rebeldes y extranjeros. Los soldados que participaron en la crucifixión, que arrojaron la sortija para repartirse la túnica de Jesús y que se reían al pie de la cruz, pertenecían a la cohorte romana estacionada en Jerusalén. Además del escenario pasional, los romanos aparecen en la vida pública de Jesús. En Lucas 2:15 se menciona a los pastores vigilando sus rebaños por turnos de guardia, una práctica vinculada al servicio militar romano en la región. Los tributos que Jesús discute con los fariseos ("Dad al César lo que es del César", Marcos 12:17) son impuestos cobrados por funcionarios romanos. La moneda que Jesús señala lleva el retrato y la inscripción de Tiberio, emperador en ese momento. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, la presencia romana se vuelve constante. Pablo, apóstol a los gentiles, era ciudadano romano (Hechos 22:25-29). Este estatus legal le otorgó derechos que lo protegieron en varias ocasiones: exigió ser juzgado en Roma, apeló a César (Hechos 25:10-12), y los oficiales romanos se negaron a permitir que lo flagelaran sin un juicio formal. Su viaje a Roma, custodiado por soldados romanos bajo el centurión Julio (Hechos 27-28), convierte al Imperio en la vía de difusión del evangelio. La ciudad de Roma misma es destinataria de la carta de Pablo (la epístola a los Romanos, escrita hacia el año 57 d.C.), y tradición unánime sitúa en ella el martirio tanto de Pedro (crucificado cabeza abajo) como de Pablo (decapitado con espada). El Imperio que condenó a Jesús se convierte, irónicamente, en el vehículo que lleva el cristianismo a occidente. En el libro del Apocalipsis, Roma aparece velada bajo el nombre de Babilonia (Apocalipsis 17-18). Las "siete cabezas" corresponden a siete colinas, topografía reconocible de Roma. La condena profética contra la gran ciudad refleja la tensión entre la comunidad cristiana primitiva y el poder imperial, especialmente bajo emperadores que exigían culto divino como Nerón o Domiciano. El sistema de carreteras romanas, la unificación lingüística del griko koiné y el Pax Romana facilitaron enormemente la expansión del cristianismo. Pablo recorrió rutas comerciales romanas, embarcaba en barcos que comerciaban bajo bandera imperial y escribía cartas que circulaban por redes de mensajeros vinculados a la administración. Un aspecto menos conocido es el de los gobernadores clientelares. Herodes el Grande, Herodes Antipas, Felipe y Agripa I eran tetrarcas o reyes amigos de Roma, no romanos de sangre, pero gobernaban por delegación imperial. Herodes Antipas, que interrogó a Jesús (Lucas 23:6-12), ejercía autoridad como representante del poder romano en Galilea. En resumen, los romanos en la Biblia actúan como estructura de poder soberano que legitima, oprime, juzga y, paradójicamente, difunde la fe cristiana. Sin el Imperio Romano, la cronología, la geografía y la teología del Nuevo Testamento serían irreconocibles.
Pablo era ciudadano romano (Hechos 22:25), lo que le permitió apelar a César y viajar bajo custodia militar hasta Roma, convirtiendo al Imperio en vehículo del evangelio.
Dato clave