Lo que hizo el Imperio Romano después de la muerte de Jesús
Tras la crucifixión de Jesús en Jerusalén, ocurrida alrededor del año 30-33 d.C. bajo el mandato del prefecto Poncio Pilato, el Imperio Romano reaccionó de una forma que muchos esperan: no hizo prácticamente nada. Para la administración imperial, la ejecución de un predicador judío en una provincia periférica como Judea era un asunto menor de orden público, comparable a las cientos de ejecuciones que se llevaban a cabo cada año en las distintas provincias del imperio. Los romanos, siendo pragmáticos en materia religiosa, permitían el culto a cualquier divinidad local siempre que no amenazara la pax romana ni el culto imperial al emperador. Los primeros seguidores de Jesús, conocidos inicialmente como «los de las Vías» o «cristianos» (término que aparece por primera vez en Antioquía, hacia el año 43 d.C., según el libro de los Hechos), continuaron su actividad sin mayor intervención romana. Pablo de Tarso, convertido tras la muerte de Jesús, dedicó los años 40 y 50 d.C. a fundar comunidades cristianas en Galacia, Macedonia, Corinto, Efeso y Roma misma, escribiendo sus epístolas que hoy forman parte del Nuevo Testamento. El Senado y el gobierno imperial no registraron ningún decreto específico contra este pequeño grupo judío durante las primeras décadas. La primera reacción oficial romana documentada llegó con Nerón en el año 64 d.C., tras el gran incendio de Roma. Nerón culpó a los cristianos del suceso y los sometió a una persecución local en la capital imperial, donde fueron ejecutados en el circo de Nerón como espectáculo público. Sin embargo, esta fue una medida aislada y geográficamente limitada a Roma; no se convirtió en política imperial generalizada. Durante el reinado de Domiciano (81-96 d.C.) se intensificó la presión, especialmente contra los que se identificaban abiertamente como cristianos, distinguiéndolos de los judíos, a quienes se les seguía permitiendo practicar su fe. El apóstol Juan, según la tradición, fue exiliado a la isla de Patmos en este periodo, donde recibió las visiones del Apocalipsis. La dinastía antonina trajo una política más consistente. Trayano (98-117 d.C.), en su correspondencia con el gobernador Plinio el Joven (cartas de Plinio, libro X), estableció la doctrina de que los cristianos no debían ser buscados activamente, pero si fueran acusados y se negaran a sacrificar a los dioses romanos, debían ser ejecutados. Esta llamada «regla de Plinio» se mantuvo como criterio administrativo durante décadas: no persecución proactiva, pero tampoco tolerancia explícita. Bajo Hadriano (117-138 d.C.) y Marco Aurelio (161-180 d.C.), la hostilidad creció de forma más difusa. Marco Aurelio, filósofo estoico, vio en el cristianismo una amenaza a la cohesión filosófica del imperio. El mártir Lucio Vero y el filósofo Rustico protagonizaron uno de los juicios más célebres de este periodo. En 177 d.C., la comunidad cristiana de Vienne y Lyón sufrió una de las primeras grandes matanzas documentadas fuera de Roma. Con Septimio Severo (193-211 d.C.) se dictó un edicto que prohibía el proselitismo tanto judío como cristiano, bajo pena de muerte. Los cristianos eran ahora vistos como una religión religio illicita, fuera de la ley, no por su contenido teológico, sino por su carácter exclusivo: un cristiano no podía, a ojos romanos, jurar lealtad a los dioses del estado. En el siglo III, las persecuciones adquirieron una escala sin precedentes. El emperador Decio (249-251 d.C.) exigió que todos los súbditos del imperio ofrecieran un sacrificio público a los dioses y presentaran un certificado (la libellus). Los cristianos que se negaron fueron ejecutados o condenados a trabajos forzados. Valeriano (253-260 d.C.) fue aún más drástico: ordenó la ejecución de obispos, presbíteros y diáconos, la confiscación de bienes eclesiásticos y el exilio de los cristianos que se negaran a sacrificar. La «Gran Persecución» bajo Diocleciano (303-311 d.C.) fue la más violenta y extensa: destrucción de iglesias, quema de escrituras sagradas, degradación de cristianos en cargos públicos y muerte de mártires en todo el imperio. Se estima que murieron entre 25.000 y 100.000 cristianos en estos ocho años. Sin embargo, esta persecución, lejos de erradicar la fe, la fortaleció y convirtió a los mártires en figuras de cohesión comunitaria. El punto de inflexión llegó con Constantino. Tras su victoria en el Puente Mílvio (312 d.C.), emitió el Edicto de Milán en 313 d.C., que otorgaba libertad de culto a todas las religiones del imperio, incluida la cristiana. En 325 d.C., Constantino convocó el Concilio de Nicea para unificar la doctrina cristiana, y en 328 d.C. convirtió su palacio de Constantinopla en sede de la nueva capital. El cristianismo pasó de ser perseguido a ser favorecido por el poder imperial. Finalmente, bajo Teodosio I, el Edicto de Tesalónica de 380 d.C. estableció el cristianismo niceno como religión oficial del Imperio Romano. Los templos paganos fueron cerrados, los juegos olímpicos terminaron en 393 d.C., y la estructura religiosa romana que había tolerado miles de divinidades durante siglos fue reemplazada por una única fe de Estado.
El Edicto de Tesalónica (380 d.C.) convirtió al cristianismo en religión oficial del Imperio Romano, cerrando el ciclo iniciado con la indiferencia de Pilato.
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