Qué hicieron los discípulos de Jesús después de su muerte
Tras la crucifixión de Jesús, los discípulos vivieron unos días de profundo desconcierto y miedo. Según los Evangelios, especialmente los de Marcos (16:8) y Juan (20:19), se encerraron en un lugar cerrado con las puertas atrancadas por temor a las autoridades judías y romanas que habían ordenado la ejecución. Pedro y Juan corrieron al sepulcro vacío, y otros discípulos huyeron del huerto de Getsemaní cuando Jesús fue arrestado. Sin embargo, las apariciones resucitadas transformaron radicalmente su actitud. En Lucas 24:36-49 y en el Evangelio de Juan (20:19-23), Jesús se aparece a ellos, les muestra las heridas, les come pescado y les comisiona: "Y vosotros sois testigos de estas cosas... recibid el Espíritu Santo". Este mandato cambió por completo su disposición: de cobardes pasaron a estar dispuestos a morir por lo que creían haber visto. Durante los 40 días posteriores a la resurrección, Jesús se apareció en múltiples ocasiones (a María Magdalena, a las mujeres, a Pedro solo, a los doce en Galilea, a los 70 discípulos, a Tomás, y finalmente a más de 500 hermanos a la vez según 1 Corintios 15:6). En la última aparición, en el Monte de los Olivos, les instruyó a no alejarse de Jerusalén y a esperar la promesa del Padre. Mientras tanto, se organizó la sucesión de Judas. En Hechos 1:15-26, Pedro propuso reemplazar a Judas Iscariote entre los Doce. Se presentaban dos candidatos: José llamado Barsabás (o Justo) y Matías. Tras orar y sortear, Matías fue elegido, completando el grupo de los doce apóstoles. El período de espera se extendió durante 10 días más, hasta el día de Pentecostés, que coincidía con una de las fiestas judías de la cosecha. Los discípulos, junto con María (la madre de Jesús), otras mujeres y hermanos de Jesús (que no habían creído en vida), permanecían reunidos orando. Hechos 1:14 lo describe: "Todos ellos perseveraban unánimes en la oración". El día de Pentecostés (Hechos 2:1-4), el Espíritu Santo descendió sobre ellos en forma de lenguas de fuego. Empezaron a hablar en otras lenguas y Pedro subió a predicar a la multitud reunida en Jerusalén para la fiesta. Según el relato, unos 3.000 personas se convirtieron aquel mismo día. Nacía así la Iglesia primitiva. Los primeros meses fueron de comunidad intensa: vendían propiedades, compartían bienes, partían el pan en los hogares y se reunían en el Templo. Pedro y Juan sanaban enfermos en el nombre de Jesús, lo que atrajo multitudes. El cenáculo se convirtió en el primer centro comunitario cristiano, y la estructura jerárquica inicial era de apóstoles y ancianos (presbíteros). Hacia el año 34-36 d.C., San Jacobo el Justo (hermano de Jesús) asumió un liderazgo particular en la comunidad de Jerusalén, mientras Pedro ejercía autoridad más amplia en el mundo grecorromano. La primera gran persecución organizada llegó bajo el emperador Nerón en el 64 d.C., tras el incendio de Roma. La expansión fue explosiva: Pablo (Saulo de Tarso), convertido en el camino a Damasco hacia el 33-34 d.C., emprendió tres grandes viajes misioneros por Asia Menor, Grecia y Macedonia, fundando iglesias en Antioquía, Corinto, Efeso, Filipos, Tesalónica y otras ciudades. Su epístola a los romanos (hacia el 57 d.C.) ya da cuenta de comunidades consolidadas.
El primer mártir cristiano fue Santiago el Mayor, degollado por orden de Herodes Agripa I en Jerusalén en el año 44 d.C., apenas una década tras la muerte de Jesús.
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