Qué hicieron los apóstoles después de Pentecostés
Tras el evento de Pentecostés, narrado en el segundo capítulo de los Hechos de los Apóstoles, la comunidad cristiana primitiva experimentó una transformación radical. El descenso del Espíritu Santo sobre los once apóstoles (y los demás discípulos reunidos en Jerusalén) les otorgó, según el relato bíblico, la capacidad de predicar en diversas lenguas, lo que provocó la conversión de aproximadamente tres mil personas en un solo día. Este hecho marcó el inicio formal de la actividad misionera de la Iglesia. En los meses inmediatamente posteriores, los apóstoles se dedicaron a enseñar, orar y compartir en común sus bienes. El libro de los Hechos describe una comunidad donde «todos los creyentes estaban unánimes y tenían un solo corazón y una sola alma» (Hch 1,14). Pedro y Juan fueron las figuras más visibles, realizando milagros de sanación en el nombre de Jesús, como la curación del cojo en el templo (Hch 3), lo que atrajo a miles de personas y generó tensión con las autoridades judías. La primera gran confrontación llegó cuando el Sinedrín convocó a los apóstoles bajo amenaza de no volver a predicar en nombre de Jesús. Pedro respondió con valentía: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). A partir de ese momento, los apóstoles fueron repetidamente arrestados, azotados y llevados ante el Sanedrín, pero continuaron su predicación sin cesar, incluso en las plazas públicas y en las casas particulares. Un hito fundamental fue la elección de esteban como primer diácono (Hch 6) y, posteriormente, su martirio como primer mártir cristiano (Hch 7). Su muerte desató una persecución en Jerusalén que dispersó a los creyentes por Judea y Samaria. Paradójicamente, esta dispersión se convirtió en un motor de expansión: los cristianos perseguidos llevaban el mensaje a nuevas comunidades, cumpliendo la instrucción de Jesús de ser «testigos hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8). Mientras tanto, Pedro continuó su actividad en Jerusalén y en las regiones cercanas. Su encuentro con Cornelio, un centurión romano en Cesarea (Hch 10), supuso un antes y un después: la conversión de un pagano sin necesidad de circuncisión abrió la puerta a la evangelización de los gentiles, lo que generó debates teológicos internos que desembocarían en el Concilio de Jerusalén. Simultáneamente, el apóstol Pablo (entonces Saulo de Tarso), tras su conversión en el camino a Damasco (Hch 9), emprendió tres grandes viajes misioneros. Fundó comunidades en Antioquía, Iconio, Listra, Troas, Atenas, Corinto y otros centros del Imperio Romano. Su epístolas, escritas entre 49 y 67 d.C., son testimonio directo de su labor: organizar comunidades, resolver conflictos doctrinales y fortalecer la fe de los recién conversos. El Concilio de Jerusalén (Hch 15, circa año 49 d.C.) fue otro acto colectivo fundamental de los apóstoles. Allí, Pedro, Santiago el Justo y Pablo debatieron si los gentiles necesitaban circuncidarse para ser cristianos. El veredicto fue que no, aunque se recomendó abstenerse de ciertas prácticas. Este concilio estableció las bases teológicas y organizativas de la Iglesia universal. A lo largo de las décadas de 40 y 50 d.C., los apóstoles y sus colaboradores fueron estableciendo una estructura eclesial: obispos, presbíteros y diáconos en cada comunidad. Pablo mismo designa líderes locales en Efeso, Filipos y Corinto. Esta organización jerárquica permitía que el mensaje persistiera aunque los fundadores ya no estuvieran físicamente presentes. La tradición posterior (Martirio de San Pedro, Martirio de San Pablo, Actas de los apóstoles) sitúa a Pedro y Pablo en Roma, donde habrían sido martirizados bajo Nerón hacia el año 64-67 d.C. Otros apóstoles, según tradiciones de distintas iglesias orientales y occidentales, llevaron el evangelio a regiones específicas: Tomás a la India y Persia, Andrés a Escitia (actual Ucrania/Rusia), Santiago el Mayor a Hispania, Matías a Armenia y Judas a la Arabia o Eritrea. Aunque estas rutas no están documentadas con la misma fiabilidad que los hechos de Jerusalén, reflejan una convicción temprana de la universalidad de la misión apostólica.
El Concilio de Jerusalén (c. 49 d.C.) fue la primera asamblea eclesial formal de los apóstoles para resolver una controversia doctrinal sobre la ley mosaica y los gentiles.
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