La ciencia detrás de comer rápido o lento: ¿Qué le pasa a tu cuerpo?
Comer rápido es un hábito común en la sociedad moderna, pero su impacto en el organismo va mucho más allá de una simple falta de modales. Cuando ingerimos alimentos a gran velocidad, el reflejo de saciedad tarda entre 20 y 30 minutos en activarse por completo, ya que las hormonas clave como la leptina y la colecistoquinina necesitan tiempo para señalizar al cerebro que el estómago está lleno. Al comer antes de que llegue esa señal, es casi inevitable consumir un 10% o más de calorías adicionales, lo que favorece directamente la acumulación de grasa corporal. Además, masticar poco implica que los trozos de comida llegan al estómago en fragmentos grandes, obligando a este órgano y al intestino delgado a trabajar con mayor fuerza para descomponer esos sólidos. Esto puede derivar en distensión abdominal, reflujo gastroesofágico y gases, ya que la digestión mecánica inicial (que ocurre en la boca) se ha realizado de forma deficiente.
“Masticar bien activa la digestión en la boca y reduce el trabajo del estómago.”
Dato clave