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que animal usa la ecolocalizacion, Murciélago cazando insectos en una cueva nocturna mediante ecolocalización
naturaleza ·#267 ·Lectura 12 min. · Redactor: Marta Garcia

¿Que animal usa la ecolocalizacion?

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Más de 1.000 especies usan la ecolocalización: murciélagos, todas las ballenas dentadas, aves de cueva, musarañas e incluso humanos con discapacidad visual

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Qué animal usa la ecolocalización: el sonar natural más fascinante de la naturaleza

La ecolocalización es esa habilidad extraordinaria por la que ciertos animales «ven» con los oídos. Emiten sonidos, escuchan el eco que regresa rebotado contra los objetos, y a partir de ese retardo de tiempo calculan distancias, tamaños, velocidades y hasta la forma exacta de lo que les rodea. Es un sistema tan preciso que supera, en muchos casos, lo que un sonar artificial puede ofrecer. El término fue acuñado en 1938 por Donald Griffin, quien demostró de forma concluyente que los murciélagos operaban así, y proviene del latín echo (eco) y locatĭō (posición). También se le llama biosonar porque funciona como un sonar activo integrado en el propio cuerpo del animal.


La historia de este descubrimiento es apasionante. En 1793, el científico italiano Lazzaro Spallanzani encerró una lechuza y un murciélago en una habitación llena de hilos con campanillas. Con luz, ambos volaban bien. En oscuridad total, la lechuza se desorientaba y chocaba sin parar, mientras el murciélago seguía cazando insectos con la misma soltura. Spallanzani fue más lejos: quemó los ojos de varios murciélagos y comprobó que seguían volando, esquivando obstáculos y cazando con una precisión intacta. Su conclusión fue rotunda: estos animales «ven con los oídos».


Años después, el zoólogo suizo Charles Jurine añadió una pieza clave: tapó los oídos de los murciélagos y descubrió que, con ellos bloqueados, era imposible esquivar objetos. Sin embargo, la comunidad científica de la época se aferró a la explicación del naturalista francés Georges Cuvier, quien sostenía que los murciélagos simplemente palpaban los objetos con las alas. Hubo que esperar hasta 1912, cuando el ingeniero Hiram Maxim publicó en Scientific American que los murciélagos detectaban obstáculos escuchando reflexiones de sonidos de baja frecuencia, una idea que el físico Paul Langevin materializó años después con el desarrollo del sonar.


El punto de inflexión llegó en 1938, cuando Robert Galambos y Donald Griffin utilizaron un detector de ultrasonidos creado por William Pierce para registrar, por primera vez, cómo los murciélagos emitían ultrasonido y recibían ecos. Griffin acuñó el término «ecolocalización» en 1944, y poco después se confirmó que ballenas y delfines también poseían esta capacidad. La confirmación anatómica definitiva de la habilidad se cerró en la década de 1940.


La ecolocalización animal no funciona como el sonar artificial, que se basa en un haz estrecho. Los animales apoyan el sistema en múltiples receptores: dos oídos separados por una distancia fija reciben el sonido rebotado con diferencias de intensidad, tiempo y frecuencia según la posición del objeto. Esa asimetría entre ambos oídos permite reconstruir la posición espacial, la distancia, el tamaño y las características de lo que hay delante. Es un proceso cerebral asombroso, una auténtica «imagen sonora» tridimensional.


A diferencia de la audición común, que simplemente detecta que hay un sonido, la ecolocalización implica que el animal interpreta activamente las ondas: calcula a qué distancia está un objeto, en qué dirección se mueve y qué tamaño tiene. Se emplea sobre todo en medios donde la visión queda restringida, como la oscuridad nocturna de las cuevas o la turbidez profunda del océano, donde la luz apenas penetra a pocos metros.


Los sonidos que generan se clasifican en tres tipos visibles en un espectrograma. La frecuencia modulada (FM) produce una firma espectral que ayuda a determinar la forma de un objeto y a discriminar entre tipos de objetos; la usan los murciélagos que viven entre vegetación densa. La frecuencia constante (FC) mantiene la frecuencia invariable y facilita la detección de desplazamientos Doppler y presas en movimiento, típica de murciélagos que forrajean en espacios abiertos con pocos obstáculos. Los pulsos combinados (FC-FM y FM-FC) fusionan ambas estrategias para lograr buena detección y detalle en entornos complicados.


Más de mil especies utilizan este sistema, entre ellas la mayoría de los murciélagos, todas las ballenas dentadas y pequeños mamíferos insectívoros. Muchos son nocturnos, viven en madrigueras o en el océano, y dependen por completo de la ecolocalización para encontrar alimento en entornos con poca o ninguna luz. Los métodos varían: desde hacer vibrar la garganta hasta batir las alas, desde emitir clics con la lengua hasta producir ráfagas de ultrasonido con la laringe.


Un dato que suele sorprender es que los murciélagos no son ciegos. La creencia popular es falsa: muchos, además del sonar, emplean la vista para diversas actividades. Los micromurciélagos (suborden Microchiroptera) son los verdaderos expertos en ecolocalización, emergiendo de cuevas al anochecer para cazar insectos. Los megamurciélagos (suborden Megachiroptera), como los zorros voladores, se orientan sobre todo con la vista, y solo una especie del género Rousettus ha desarrollado un mecanismo de ecolocalización que usa únicamente en oscuridad total.


En el océano, la lógica es clara: el sonido viaja cinco veces más rápido en agua que en aire. Los cetáceos dentados (suborden Odontoceti) viven en un hábitat donde la visión está muy limitada por la absorción de luz y la turbidez, así que el biosonar es una solución evolutiva perfecta. Antes de su confirmación oficial, Jacques-Yves Cousteau sugirió su existencia en su libro El mundo silencioso (1953), al observar cómo un grupo de marsopas aprovechaba el curso cambiante del estrecho de Gibraltar.

“Los murciélagos detectan objetos del grosor de un cabello (0,007 pulgadas) y emiten hasta 190 llamadas por segundo al cazar”

Dato clave
que animal usa la ecolocalizacion, Delfín emitiendo clics de ecolocalización bajo el agua
Imagen

Delfín emitiendo clics de ecolocalización bajo el agua

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Murciélagos, cetáceos, aves y pequeños mamíferos: los exploradores del sonido

Los murciélagos son, sin duda, el animal por excelencia de la ecolocalización. Generan ultrasonido en la laringe y lo emiten a través de la nariz o la boca abierta, con frecuencias entre 14.000 y 100.000 Hz, la mayoría muy por encima del límite auditivo humano (20.000 Hz). Al cazar, producen sonidos a baja frecuencia (10-20 Hz) durante la fase de búsqueda, sincronizados con la respiración y el aleteo para conservar energía. Al detectar la presa entran en el llamado «buzz de caza», incrementando la frecuencia de los pulsos hasta un zumbido final superior a 200 Hz. Durante la aproximación, la duración y la energía del sonido van decreciendo, lo que reduce el tiempo de retorno del eco y aporta información cada vez más precisa sobre la trayectoria de la presa para interceptarla.


La precisión es asombrosa. Algunos murciélagos localizan objetos tan pequeños como 0,007 pulgadas, aproximadamente el grosor de un cabello humano. Como los insectos están siempre en movimiento, deben emitir chasquidos continuamente, llegando a realizar hasta 190 llamadas por segundo. Con presas tan difíciles, estos depredadores son capaces de comer la mitad de su propio peso en insectos cada noche. Los murciélagos de nariz foliar emiten llamadas a través de grandes narices con pliegues intrincados que enfocan los sonidos, y algunas especies cambian rápidamente la forma de sus orejas para captar con precisión las señales entrantes.


Una habilidad extraordinaria es que el propio sonido que emiten no los ensordece: huesos específicos del oído se separan para reducir la sensibilidad auditiva durante la emisión. El eco rebote es captado por el trago, un pedazo de piel que sobresale de la oreja, e internamente poseen receptores que detectan cambios en las frecuencias, asistidos por múltiples pliegues. Además, algunos emiten clics o chasquidos audibles para humanos usando la lengua.


Los cetáceos dentados —delfines, marsopas, delfines de río, orcas, belugas, cachalotes y zifios— usan biosonar de forma muy sofisticada. El sonido se genera haciendo pasar aire desde la cavidad nasal a través de los labios fónicos. Estos sonidos se reflejan en el hueso denso cóncavo del cráneo y en el saco de aire de su base, y el haz enfocado es modulado por el melón, un gran órgano graso que actúa como lente acústica gracias a su composición lipídica de distintas densidades. El eco se recibe a través de la mandíbula inferior, que contiene grasa aceitosa, y la asimetría del cráneo ayuda a detectar por qué lado llega la señal.


AnimalMétodo de emisiónReceptor del eco
Murciélago (Microchiroptera)Laringe → nariz o bocaTrago y oído interno
Delfín / Cetáceo dentadoLabios fónicos → melónMandíbula inferior con grasa
CachaloteClics individuales nasalesMandíbula y oído medio
Guácharo (ave)Clics por músculos bronquiolateralesOídos
Vencejo de cueva / SalanganaChasquidos por siringeOídos
Musaraña (Soricidae)Clics vocalizadosOídos / bigotes

Los delfines emiten breves ráfagas de impulsos sonoros llamados «clics». Cuando viajan, mueven la cabeza lentamente de lado a lado y de arriba abajo, en una exploración global que les permite «ver» un camino más ancho frente a ellos. El cachalote produce clics individuales, mientras que otros cetáceos usan series consecutivas o trenes de pulsos. Los silbidos que producen parecen no usarse en la ecolocalización, sino en la comunicación social. La mayoría de estos sonidos son demasiado agudos para el oído humano, con la excepción de cachalotes, orcas y algunas especies de delfines.


Entre las aves, el guácharo nocturno (Steatornis caripensis) es un ave sudamericana que duerme y se reproduce dentro de cuevas, alimentándose con la ayuda de clics emitidos por músculos bronquiolaterales, distintos de sus graznidos de comunicación. Los vencejos de cueva (Aerodramus spp.) y las salanganas, especialmente la salangana papú (Aerodramus papuensis), de la tribu Collocaliini, duermen en cuevas oscuras y emiten clics perceptibles para humanos, con mayor frecuencia en las zonas más oscuras para obtener más información. Son las únicas aves con ecolocalización, y emiten chasquidos cortos con su siringe, el órgano vocal aviar.


Las musarañas (familia Soricidae), pequeños mamíferos insectívoros, tienen un sistema similar: emiten clics vocalizados, aunque no ondas especializadas como los odontocetos o los murciélagos. Se usan en rangos cercanos, más allá de sus bigotes, y solo para conocer su entorno. Ejemplos son la musaraña pigmea de Cachemira, la musaraña tibetana, la musaraña común y la musaraña de cola larga. Otros animales con ecolocalización incluyen los zifios (Ziphiidae), la beluga (Delphinapterus leucas), la orca (Orcinus orca), las marsopas (Phocoenidae), la ballena gris (Eschrichtius robustus) y los delfines de río (Platanistoidea).


Un dato evolutivo fascinante: en los murciélagos y algunas ballenas dentadas existe un gen prácticamente idéntico relacionado con la ecolocalización, en especies totalmente diferentes. Esto indica un proceso de evolución convergente, donde un mismo rasgo se desarrolla de forma independiente en dos grupos distintos. Millones de años de adaptación han refinado esta capacidad, incluyendo la emisión de pulsos ultrasónicos inaudibles para humanos.


Incluso algunas personas pueden usar la ecolocalización chasqueando la lengua, un comportamiento que comparten unos pocos animales más: los tenrecs, un mamífero parecido a una musaraña de Madagascar, y el lirón pigmeo vietnamita, prácticamente ciego. La mayoría de quienes lo usan son ciegos o tienen discapacidad visual, y emiten chasquidos con la lengua o un bastón para orientarse en su día a día. Las exploraciones cerebrales muestran que durante este proceso se activa la parte del cerebro que procesa la visión, como si el sonido se tradujera en imágenes.

Conclusión:

¿que animal usa la ecolocalizacion?

La próxima vez que camines al anochecer y escuches el aleteo rápido de un murciélago cruzando el cielo, piensa en todo lo que ese sonido está construyendo: una cartografía invisible del aire, de cada insecto, de cada rama. Y si alguna vez te sumerges en el mar y ves un delfín mover la cabeza de lado a lado con esa calma tan suya, recuerda que está «iluminando» el agua con clics, explorando un mundo donde la luz apenas llega. La ecolocalización nos recuerda que la naturaleza nunca se quedó con una sola forma de entender el entorno.

Redacción: Marta Garcia · Actualizado en: 23/10/2026
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